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Frecuentemente mis pacientes me hacen una pregunta que siempre contesto del mismo modo y con mucha sencillez.  Creo, justamente, que es en su sencillez donde radica que a casi ninguno le guste — o más aún, la comprenda — en un principio.  La magia, sin embargo, ocurre después, cuando dejan de intelectualizar la respuesta y simplemente la llevan a cabo.

Más tarde o temprano, después de que hemos analizado hasta sus últimas consecuencias un conflicto inconsciente, casi invariablemente y con un gesto que bordea entre el extravío y la confusión, me preguntarán “y eso… ¿cómo lo hago?”.  A veces ocurre cuando nos hemos dado cuenta de que se ha vuelto extremadamente auto-crítico y controlador y por eso siente culpa, o a veces cuando descubrimos que su dignidad está en juego porque no se ha empeñado en darse su lugar frente a otros, y mil causas más.  Entonces yo suelo hacer una pausa, apenas unos segundos, sonreir, y declarar sin demasiada pompa “poniendo atención. Enfocándote. Disciplinándote.  No hay más“.

Verán, la disciplina tiene mala cara, y es que desgraciadamente a principios de los años 70 aproximadamente adquirió una connotación muy negativa.  En ese entonces, los padres ejercían una instrucción férrea sobre sus hijos, a menudo excesiva, y los lastimaban de modo bastante absurdo bajo la presunción de educaban “con mano dura”.  Como consecuencia, los psicólogos de aquel entonces se encargaron de declarar que toda forma de castigo era traumatizante, y con ello hicieron un intento por reformular las metodologías de educación reinantes, tanto en casa como en la escuela. El grave error ocurrió en el punto en el que se relacionó a la disciplina con el castigo y el dolor, pues desde entonces y hasta ahora vivimos en una era singular de comodidad y mínimo esfuerzo que, en mi opinión, nos está llevando a caer en vicios bastante similares a los de la instrucción castrense de nuestros abuelos, pero en el extremo inverso. Ahora, en la época moderna, si no es fácil, rápido y barato, no queremos saber nada al respecto. En fin. Basta de antecedentes… Vamos al grano.

¿Ha intentado alguno de ustedes prepararse una buena taza de té? ¿O una buena taza de café? Todo aquel que sepa de lo que estoy hablando cuando utilizo el adjetivo “buena” comprenderá que una bolsita de infusión, de esas que compramos en el super, es una aberración tanto como lo es la cucharada de café soluble que muchos utilizan durante la cena.  Nos “saca del paso”, es cierto, pero su sabor, seamos honestos, es bastante mediocre.  Si queremos tomar una gran taza de té, por lo menos, deberíamos emplear hojas genuinas de té, verde o negro; deberíamos calentar el agua a fuego lento, sin dejarla hervir, y además deberíamos usar una canastilla especial para té, la cual pondremos en el agua solo durante tres minutos, no más, a riesgo de amargar irremediablemente la infusión en caso de pasarnos de este tiempo.  Descrito así, preparar una buena taza de té toma, es verdad, al menos cinco o seis minutos… y eso en caso de que tengamos todo a mano.  ¿Cuántos de nosotros realmente lo hacemos? Casi nadie, y mucho menos cuando el “micro” está al lado de nosotros, y las bolsas de infusión comercial son taaaan prácticas de usar.  La vida es rápida, aducimos.  Tenemos prisa… Así que las cosas se hacen así. Lo malo es que, lo vean como lo vean, el sabor de una taza de té preparada bajo este método es, bueno… bastante pobre.  Como nuestras vidas.  Rápidas, efectivas… y pobres.

¿Y saben algo? En justicia debo decir que una taza de té, para algunos, la mayoría, puede ser un asunto trivial, y si, es verdad que una bolsita de té Lagg’s nos saca de un buen aprieto de vez en cuando… ¡para eso es! Para ser light y sacarnos-del-aprieto.  Pero nuestra vida, amigos, nuestra vida NO debería vivirse de modo light.  Nuestra vida no está diseñada para “sacarnos del aprieto”.  Vivirla con cuidado, con detenimiento, con calma, poniendo atención en todos los detalles, es justamente lo que nos saca del aprieto, y no al revés.

Así que la respuesta que doy a mis pacientes ante ese confuso “¿cómo le hago?”, PON ATENCION, no es otra cosa más que vuélvete conciente de ti mismo.  Y eso ¿cómo se logra? Practicándolo.  A diario.  A cada momento.  Siempre que haya oportunidad. Eso es justamente el corazón de la disciplina: Poner atención todo-el-tiempo.  ¿Desgastante? Puede ser.  ¿Recompensante? Mucho.

Casi nada que tenga un gran valor se hace rápido y a la ligera. Una obra de arte usualmente toma meses, o años.  Un proyecto triunfador se lleva a cabo en un tiempo similar. Un cuerpo sano se consigue después de una vida de hacer ejercicio y comer balanceado.  Un matrimonio estable de construye a lo largo de interminables ciclos de adaptación.  Disciplina no es castigo, no es dolor.  Es constancia y entrega a algo grande y bueno, a algo útil y sano.  La disciplina es perfeccionar nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro espíritu para que no sea solo bueno o eficiente, sino para que cumpla al 100% con su capacidad de Ser.  Una taza diseñada para contener solo 100 ml. de líquido no es inferior a una de 600 ml… Pero eso si, una taza de 100 ml. que contiene esa cantidad de líquido, ni más ni menos, siempre estará más equilibrada que una de 600 que solo es capaz de contener 300 porque está rota o mal construida.

Cada uno tenemos la capacidad de “construirnos” a nosotros mismos, a diario.  Basta con enfocarnos, tal como lo haría la luz del sol que pasa a través de una lupa.  Es apenas un delgado haz, pero quema, y quema bien.

Un consejo: aprendan a poner atención.  Eso es algo que pueden hacer todo el tiempo, desde que despiertan.

Pongan atención en sus sentidos… en el aroma del café que toman en la mañana.  Pongan atención en lo que ven, en el perro que camina por la calle, la luz del sol que entra por la ventana, o hasta en las líneas que van formando poco a poco las arrugas en la palma de sus manos. Pongan atencion en lo que escuchan, en el ruido del avión o el sonido del pájaro que canta en el árbol más cercano.

Manténganse enfocados.

Poco a poco perfeccionarán su capacidad de verse a si mismos, y de ahi a lograr un real auto dominio, no estamos tan lejos.  Lo único que hace falta es la práctica, el empeño, y mucha, mucha paciencia.

Si.  Tienen razón. Es dificil, y toma tiempo.   Ni para qué discutirles.  Pero verán… al final, ustedes eligen cómo quieren vivir su vida: como una taza de té comercial, o como una taza de té preparada con cuidado, dedicación y cariño — creo que esa es la palabra clave —.  Es cierto, los dos son “tés”, pero ¡diablos! Menuda diferencia.

Menuda diferencia…

Un abrazo.

J.C.

Perder para Ganar

“Las ganancias están al filo de las pérdidas, las pérdidas son el corazón de las ganancias. Por ello, la buena suerte no puede visitarnos una y otra vez, uno no puede esperar siempre el beneficio. Cuando estás en una situación afortunada y consideras la posibilidad de infortunio, entonces puede preverse la felicidad; cuando ves las ganancias y consideras las pérdidas, seguramente llegarán los beneficios”.

- Lingyuan

Escribir se me da, y creo que se me da bien. Y con “bien” no me refiero a calidad, sino simplemente a que es algo que, en mi caso, ocurre; brota. Hay días que me paso diez horas escribiendo, algunos más, y casi nunca me atoro o demoro. Sin embargo, esta vez fue diferente.

Llevo un par de semanas cocinando este artículo en mi mente y desgraciadamente me ha costado muchísimo trabajo sentarme y decidirme a escribirlo. Seguramente, la dificultad se debe a todo lo personal que se haya involucrado en él. Y es que vamos, nunca es lo mismo ver las cosas a la distancia, que hablar desde la propia experiencia; así sea en metáfora, así sea en reflexión. Como sea, trataré de no extenderme demasiado, aunque no prometo nada. Sin embargo, no he querido dejar de compartir esto con ustedes, pues creo que tal vez pueda aportar algo a todos — ¿creer eso se trata de un pedazo grande de ego? Puede ser. Últimamente no me siento tan desprovisto de éste como creía, y me parece que eso es bueno —.

Para un psicólogo, como yo o cualquier otro, es fundamental el conocimiento necesario para poder ayudar a un paciente a superar sus duelos. Bien pronto, cuando empezamos a dar consulta, nos damos cuenta de que un “duelo” no es solamente el proceso de perder a un ser querido ante la muerte, sino el sufrimiento, grande o pequeño, que se vive ante cualquier tipo de pérdida. La que sea. No importa lo que se va, siempre habrá dolor, y de ahí que el proceso lleve ese nombre: duelo… y es que duele. Mucho. La gran pregunta es, desde luego, ¿hay algún modo de evitarlo? La respuesta, según la veo hoy en día, es no.

La vida adulta se define a través de la pérdida. Es así de simple, rotundo y contundente. Y no lo digo como una sentencia absoluta, claro que no. Es solo que después de todo este tiempo, me queda más claro que nunca. Piénsenlo. Tengan la edad que tengan, el minuto que acaban de pasar leyendo estas palabras, se ha ido. La ropa que usamos algún día se desgastará y habrá que dejarla. La salud se deteriora. Los amigos que teníamos un día se marchan. Si tenemos hijos, estos habrán de seguir su camino más tarde o temprano y nos dejarán. Algunos cambiaremos de residencia, y si no lo hacemos, uno u otro familiar lo hará. Nuestros padres morirán, nuestra pareja tal vez… y al final del día, nuestra salud enflaquecerá y nosotros lo haremos también. La vida adulta se define a través de la pérdida porque simple y llanamente no-se-puede no perder. Todo el tiempo lo estamos haciendo.

Parece un poco trágico, ¿no es así?

Hace un tiempo, dado a la tarea de resolver este problema, traté de dar un enfoque Zen al asunto, y ciertamente la respuesta se mostró bastante simple: evitar el apego. ¡Claro! En la medida en que no estemos apegados a las cosas, dejarlas ir será mucho más fácil, ¿no es así? Por supuesto. Y tiene todo el sentido del mundo. Renuncia a tu ego — que de hecho es la única parte de nuestra personalidad que puede ap-egarse — y ya está. Asunto solucionado. ¿Y cómo se renuncia al ego? Bueno, pues he tratado muchas cosas. He leído hasta el cansancio, escrito hasta el cansancio, me he autoanalizado según las reglas psicoanalíticas hasta el cansancio, he practicado artes marciales (bueno, eso no hasta el cansancio, pero si mucho tiempo)… y por un momento confieso con honestidad que pensé haberlo logrado. Vaya, en serio: hubo un momento en que levanté la mirada y me dije a mi mismo “estoy en equilibrio. Estoy bien… mi ego está bajo control… ahora perder ya no duele tanto”.

¿Les parece absurdo? Si la respuesta es si, seguramente es porque tienen razón: lo es. Y más allá que eso, es la prueba de que no solo NO había vencido al ego, sino que me había dejado arrastrar del todo por él y era más soberbio que nunca.

No entraré en demasiados detalles, pero si les diré que mi vida, en el último mes, se ha puesto de cabeza… varias veces… Y aunque ahora parece que todo empieza a estar en orden — y quién sabe, tal vez mejor — no puedo evitar un regusto amargo en la mente y el corazón. En un punto determinado estuve a punto de perder, si no todo, al menos si mucho, y ni todo el conocimiento, ni todo el auto análisis, ni todo ese supuesto “equilibrio” ganado a base de reflexión y certezas, me pudo preparar para la lección final: en el fondo, si crees que no eres infantil, seguramente si lo eres. Si crees que no eres soberbio, seguramente si lo eres… En el fondo, si crees honestamente que has vencido, seguramente serás derrotado.

Si eres tan soberbio para creer que no perderás, es porque justamente, ya has perdido.

No se puede NO-perder. Todo el tiempo perdemos. El duelo es imposible de evitar.

Sin embargo — y he aquí lo único que vuelve soportable, y superable, (no evitable) el duelo — todo el tiempo ganamos. Cuando se pierde, se gana. De modo automático. Sin quererlo. No puede ser de otro modo. Esa es la otra gran lección que me tocó aprender en carne y hueso. En justicia debo decir que estaba consciente de ello… en teoría. Pero ahora me ha quedado cristalinamente claro.

Hoy, las cosas son diferentes para mi. Sigo practicando el Zen y creyendo que es la mejor vía para vencer al ego. Pero me he dado cuenta de otra cosa: irónicamente, no se le puede vencer. Tal vez se pueda trascender, pero no vencer. Al creer que lo había vencido olvidé un principio fundamental del Bushido: Shoshin. La mente de principiante.

Se trabaja todos los días.

Se trabajan los duelos todos los días.

Se atesoran las ganancias todos los días.

Se vacía la taza todos los días.

Si es necesario, se llora todos los días.

Y así no sea necesario, se sonríe todos los días.

Cada día es nuevo, y se es principiante a diario.

Cuando creas que dominas, ten cuidado. Seguramente te engañas y eres soberbio. Nunca se domina. Se aprende a diario.

En días pasados me tocó perder mucho. Y dolió. Pero ahora por fin veo que también gané en equivalencia. Creí haber perdido el rumbo… Y es irónico, en verdad que si, porque cuando renuncié finalmente a ese rumbo que obstinadamente me había pre-fijado y que seguía con obstinación obsesiva, cuando dejé ir y me dejé ir, un nuevo rumbo se abrió ante mi. Y creo que este me gusta más. Mucho más. En algún lugar, estoy seguro que el Universo — Dios, Espíritu… como quieran llamarle — se ríe de nuestros planes, de nuestras certezas, y no con ironía o sarcasmo, sino con genuino humor, hasta que nos da el “golpe de gracia”, la estocada perfecta, y todo cambia. ¿Por qué nos resistimos tan tozudamente a perder? Porque no hemos aprendido a mirar a nuestro alrededor. El mensaje es claro: debes perder para ganar.

Así que créanme: lo último que deseo aquí es ser aleccionador. Simplemente he querido compartirles algo muy personal, algo muy mío, que apenas hoy, creo, estoy terminando de entender. No sé si he logrado ser claro en mis pensamientos o si los he confundido más. A mí, lo único que me queda patente es esto: todo, siempre, está en equilibrio. No necesariamente yo, como persona, o mi vida… sino todo, ¿saben? Todo. Siempre. Y no porque las cosas sean como quiero que sean, claro que no — eso también sería bastante soberbio —, sino porque las cosas simplemente son así y ya. Cuando se ve peor, es justamente porque estará mejor. Solo de ese modo se supera el duelo; todos los duelos, grandes y pequeños. Solo así se madura. Solo así recordamos nuestro lugar en el gran esquema de las cosas. Dejándonos ir…

Aprendiendo a diario.

Les mando un abrazo a todos.

J.C.

(Antes de empezar, GRACIAS. No habría entendido la lección sin tu ayuda… pero eso ya lo sabes, ¿no?).

Las mejores lecciones se presentan en las formas más mundanas.  Eso me queda claro.

Imaginen la escena: venimos regresando a casa del trabajo.  Estamos cansados; MUY cansados.  Ha sido un día complicado y una semana difícil.  En eso, damos vuelta a la izquierda y encontramos, a la entrada de la calle donde vivimos — NUESTRA calle — un camión de carga estorbando el paso.  El espacio que nos deja para pasar es francamente reducido.  Ante nosotros, se despliegan varias opciones:

1. Dar la vuelta a la calle y entrar por otro lado.

2. Esperar a que el camión termine de descargar material y se marche.

3. Bajarnos de nuestro coche, ir hasta el chofer del camión y pedirle que se quite.

4. Intentar pasar por el espacio que queda.

Ahora supongamos que empezamos a pensar algo así como “este tipo es un imbécil, esta es MI calle, tengo derecho a subir por MI calle, ¿quién diablos se ha creído? No puede ser, es una falta de respeto, me carga, carajo”… de modo que la única opción viable es la 4.  Al final, el que está mal es él.  El que estorba es él.  El que no debería estar ahí, mucho menos cuando estamos tan fastidiados de todo lo que nos ha pasado, es él.  Unos cuantos segundos después, tras el intento fallido de pasar por el espacio que queda entre el camión y la calle, terminamos con un lindísimo raspón en el lado derecho del coche.  Rechinamos los dientes, suspiramos, decimos unas cuantas groserías, y todo para cuestionarnos ¿quién tiene la responsabilidad de este evento?…

Nosotros, por supuesto.

No importa cuánto queramos creer que el chofer es un irrespetuoso, que está mal que estorbe la entrada a la calle, que no debería estar ahí… La decisión de pasar por un espacio reducido fue nuestra.    Y es que cuando decidimos no hacernos responsables de nuestras acciones, es fácil culpar a los demás, a quien sea… y olvidar que todo, todo lo que pasa en nuestras vidas, es a causa de nuestras decisiones, sean estas conscientes o no.

Bajé del coche y subí a casa. Enojado, comenté lo ocurrido a mi esposa, quien solo me vio con una mezcla de extrañeza y confusión.  En ese momento no dijo nada, pero yo sabía lo que pensaba “en realidad, tu provocaste el rallón, no él”, y aunque en ese momento me enojé con ella por no “no apoyarme” y verlo según mi perspectiva (más ego, señoras y señores), ahora, viéndolo a la distancia, entiendo que tiene toda la razón.

Cuando nuestro ego se pone de por medio, no entendemos las cosas con claridad y objetividad.  Casi nunca somos objeto de afrentas personales, pese a que así nos las tomemos.  El camión no estaba ahí para estorbarme A MI.  La calle NO es mía.  No importa si debería estar ahí o no, el caso es que está, y las cosas pocas veces son como queremos que sean.  Son como son.  Punto.  Nos guste o no.  La vida no se acomoda a nosotros; a nuestros códigos y preferencias.  Cuando el ego nos nubla, es difícil reconocer que, en todo accidente que nos ocurre, todo enojo que sufrimos, siempre tenemos una parte de responsabilidad.  El chofer es responsable de estorbar… pero yo soy responsable de mi enojo, de mi frustración, de mi queja y de mi impulsividad.  Las consecuencias de mis actos son y siempre serán mi responsabilidad.

Este fin de semana me enseñaron que no soy tan humilde como quiero pensar, y que los años de análisis y de practicar psicoterapia en realidad no han eliminado mi ego.  Sigue estando ahí, y es él quien estorba bastante, no el camión.  Pero creo que estoy aprendiendo a amigarme con él… el primer paso es aceptarlo.  Voltear a su encuentro y decirle “estás equivocado, viejo amigo. NO eres el centro del universo.  Déjalo ir… las cosas son como son, no como quieres. Juega el juego o retírate, pero deja de quejarte y de enojarte, porque así creas tener razón en tu argumento, al final del día, es lo único que tienes, y básicamente no sirve para mucho”.

Somos humildes cuando somos responsables de la parte que nos toca.  Fluimos cuando entendemos que siempre, siempre, tenemos la posibilidad de elegir nuestro camino. Somos más felices cuando entendemos que casi nada es personal.

Imaginen, si en un ejemplo tan banal como este, la lección es válida, ¿qué tanto más lo será en cuestiones genuinamente trascendentes?, como podrían ser la relación con nuestra pareja, o nuestros pensamientos sobre la vida, el trabajo, los jefes… en fin.

Se los pongo sobre la mesa. Vale la pena reflexionarlo, creo yo.

J.C.

Estaba seguro de que mi primer post tendría que ver con el honor.  Al fin y al cabo, es un concepto fundamental en lo tocante al código de conducta personal y al arte de fluir entre nosotros como personas y sociedad.  Sin embargo, llevaba un tiempo dándole vueltas a asunto de por dónde empezar.  Un artículo publicado ayer en el Universal, en su edición electrónica, me dio la pauta.  No esperaba que fuera así, pero al mismo tiempo no he podido resistir la “tentación”.

La liga es esta.  No voy a reproducir el artículo completo sino solo segmentos.  Por ello recomiendo que, antes de seguir con mi post, se den un tiempo para leerlo completo:

http://www.eluniversal.com.mx/estilos/62937.html

Ahora si, a fondo.

Desde el título del artículo, la carne empezó a ponérseme de gallina: “La infidelidad ayuda a conservar matrimonios”; y luego el subtítulo, que creo que se vuelve peor: “Yazmín Alessandrini asegura que cuando los hombres tienen una aventura aprenden a valorar más a su pareja”.

Revisemos unos cuantos párrafos:

Según Alessandrini, una de las principales causas, sino es que la primera del engaño matrimonial es el descuido que la mujer le tiene al marido, provocado por la llegada de los hijos y, con ellos, de más obligaciones y responsabilidades.

“Sin saberlo, ella es la primera en sembrar la semillita de la infidelidad, y se encarga día a día de regarla y cuidarla con base en su olvido y despreocupación por su pareja, quien resignado, se convierte en una máquina que vive para trabajar.

Es entonces cuando el hombre empieza a poner su mirada en alguien que le sonríe, lo saluda por la mañana con entusiasmo, huele bien, se arregla para verse linda y, sobre todo, lo escucha, trata de comprenderlo y de darle sus mejores consejos”, destaca la periodista.

Así, la semilla se convierte en una planta. Los caballeros empiezan a arreglarse más de la cuenta, se interesan por su peso y vuelven a sentirse atractivos”.

Así que bien, lectoras femeninas, por si no les había quedado claro antes, las culpables de la infidelidad masculina son ustedes.  ¿Qué les parece?  ¿Están de acuerdo?

Les voy adelantando algo: casi 10 años practicando psicoterapia y las entrevistas con muchísimas mujeres al respecto de este tema, me aseguran que no.  Es más… creo que tengo más posibilidades de ganarme el melate que de encontrar una sola mujer que esté de acuerdo con esto (al menos una mujer que SI haya experimentado en carne propia la infidelidad.  Recordemos que en teoría, y a lo lejos, todo se ve mejor… sin embargo, si alguien quiere contradecir mi postulado en verdad será muy interesante leerlo.  Comenten, por favor).

Una frase irrumpe en mi mente sin poderlo evitar, y es que ahi está el meollo de mi discusión: “la reputación es lo que otros saben sobre tí, el honor es lo que tu sabes sobre tí mismo”, de Lois McMaster Bujold.

Efectivamente, muchas, muchas mujeres descuidan a sus esposos con la llegada de los hijos… e incluso sin ésta. Si, es cierto, algunas se olvidan de cosas que para él son elementales, algunas los ignoran, algunas los hacen a un lado y siguen con sus vidad (muchas otras, no… y sin embargo hay infidelidad de parte del hombre).  La pregunta es, ¿la falla en la conducta de la mujer justifica la falta absoluta de honor en que el hombre incurre cuando es infiel a su esposa? La respuesta es NO.  Y es contundente.  Si la respuesta fuera si, ¿cuántas cosas más podríamos justificar?  Casi todo, supongo.  La lógica es intachable y lo ha sido siempre.  Si el gobierno, por ejemplo, no me cumple sus promesas de campaña entonces yo puedo enojarme con justificada razón y entrar a una oficina de recaudación para robar el ingreso de las cajas de ese día, ¿cierto?

Ah, ¿cómo dicen? ¿Eso no?…  Claro, porque robar es malo, ¿cierto?

No conozco un solo caso en que una infidelidad descubierta no lastime profundamente el espíritu y la mente de la mujer.  Uno solo.  Conozco casos donde unas perdonan y otros donde no… pero ni uno donde el dolor no sea enorme.  Es, incluso, de los más grandes que una pareja puede experimentar.  Y cuando un acto, practicado con premeditación, alevosía y ventaja, lastima a otro ser humano, el asunto es simple: el acto es malo.  La infidelidad, lamento decirlo, se practica con premeditación, alevosía y ventaja… sin mala intención, tal vez en ocasiones, pero nunca por accidente, por error o porque “no me di cuenta de lo que estaba haciendo”.  Ser infiel requiere días, requiere gastos, requiere salidas a hoteles, escapadas de fin de semana… requiere mantener varias relaciones a la vez.  Así que no, ni hoy ni nunca compraré la idea de que ocurre por error o inconsciencia.  Ocurre porque se permite que ocurra; porque se decide que ocurra.  La responsabilidad de un acto, debemos entenderlo, nunca recae en otra persona que no sea en quien lo lleva a cabo.  Aducir que la mujer es quien planta la semilla de la infidelidad con su descuido al esposo es como decir que ella tiene la culpa, y es una declaración gravísima.  Parece ridículo que se culpe a la víctima de los actos del victimario.  En ese tenor, también podemos decir que a una mujer es correcto violarla porque viste con un escote amplio y camina a las 12 am por una calle oscura.  Oh, ya veo.  Eso tampoco es correcto.  Ya… Pero la infidelidad si es justificable.  Hm.

La fidelidad es un asunto de honor.

Yo no estoy diciendo que un hombre debe permanecer indefinidamente al lado de una mujer que no le da su lugar o a la cual, por los motivos que sean (muchos, válidos) ha dejado de amar, pero señores, para eso existe el divorcio.  Para poder continuar con la propia vida, vivirla como uno quiere, sin herir a nadie en el proceso.  Para eso existe la posibilidad de separarnos: para buscar en alguien más lo que deseo, si es que tu no lo tienes, pero sin faltarte a ti, esposa, en el trance… y por supuesto, sin faltarme a mi en el acto.

La sociedad es extrema. Cuando éramos seguidores de sistemas éticos, éramos rígidos hasta la insensatez.  Y hoy por hoy, que hemos tratado de ser más flexibles, nos hemos vuelto permisivos, anárquicos.  Antes no se podía hacer casi nada porque todo estaba mal o era una ofensa a la moral.  Hoy se puede hacer casi todo, aun pasar por encima del bienestar de otros, porque hay que ser abiertos y modernos.  Es de todo punto absurdo.

Un hombre que se precie de serlo no será infiel, PESE A TODO (o una mujer, pues hoy por hoy ellas son también bastante infieles); pese a las tentaciones, pese a los deseos, pese a las faltas de la pareja. Porque un hombre que se precia de serlo es fiel, antes que a nada, a sí mismo.  Cuando un hombre es digno, congruente, íntegro y consciente, trasciende el hecho de SER hombre y se transforma en un caballero.  Y un caballero, antes que nada, es una persona plantada en el honor.  El honor, es y siempre será, la honestidad y el respeto a uno mismo.  La marca indeleble de un caballero, y de una dama.  Y creo fielmente que, sin él, no hay nada.  Lástima que sea una palabra en desuso.  ¿Será posible que la pongamos nuevamente “de moda”?…
J.C.


Hace bastante que no publico cosa alguna en un blog.  Creo que viene siendo tiempo de hacerlo de nuevo.  ¿Por qué? Bueno, creo que la respuesta es simple.

Hace aproximadamente dos meses terminé mi último libro.  “La Vida en Principios” — ignoro si ese será su título definitivo, pero es probable que si —.  A diferencia de otras veces, no lo escribí teniendo en mente los requerimientos de un posible editor, editorial o agente literario, con vistas a su publicación, sino por el puro gusto de escribirlo y ya.  Al final, hacerlo así resultó mucho mejor. Sea como sea, lo que empezó como un ensayo acerca de la aplicación de la ética y de un código de integridad en la vida terminó por convertirse en un viaje personal del cual saqué muchísimo más de lo que inicialmente hubiera imaginado.  Me ayudó a enfrentarme a mí mismo, a organizar mucho mejor mis ideas acerca del día a día y la mejor forma de sentir satisfacción con la persona que somos y estar en plenitud. Como consecuencia, habiéndolo disfrutado tanto, he reflexionado que vale la pena compartir un poco — o un mucho, ¿por qué no? — de ese aprendizaje con todo aquel que quiera leerlo, pensarlo y, si así lo juzgara conveniente, usarlo.

Este blog es para eso. Para que podamos conversar y discutir acerca de los temas importantes de la vida.  ¿Y esos cuales son?  En mi opinión, todos los que nos llevan a experimentar una mayor felicidad.  Es bien simple.  ¿Y la felicidad es posible? Unos dirán que no.  Yo digo que si.  Debemos recordar que la felicidad es por necesidad el viaje, no el destino…  Ya hablaremos más sobre ello.

Trataré, en la medida en que las obligaciones diarias me lo permitan, ser constante en las publicaciones.  Prometo ser disciplinado al respecto, eso si…

Y por supuesto, COMENTEN, por favor.  Gran parte del conocimiento nuevo surge de la discusión.  Que este espacio sirva, también, para eso. Generemos nuevo conocimiento.

Sean bienvenidos.  El futuro está por venir.

J.C.