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Saludos a todos!!

J. C.

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El As del Volante

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Esto es para ti, as del volante, amo de la carretera, caudillo de la velocidad. Pequeño idiota, rebosante de soberbia. Para ti, que te fascina presionar el acelerador a todo lo que da, sin importar el día, o la noche, y que encuentras maravillosamente excitante pegarte como rémora frenética, a ver si a base de insistencia, o simplemente de pésima educación, terminas por hacernos a un lado, triunfante, pues al final lo has conseguido: el camino es para ti, solo para ti, y si, como soberbio idiota que eres, piensas que puedes hacer de él, y con él, lo que quieras.

No dudo de tu pericia como conductor. Dios sabe que yo estoy perfectamente consciente de mi profunda inhabilidad al mando de un ariete sólido de más de una tonelada de peso, en el más liviano de los casos… pero sobre la tuya, genuinamente no tengo duda. Tal vez fuiste a una escuela profesional de manejo y te enseñaron a dar giros al volante como ‘stunt’ de Rápido y Furioso, tal vez posees los genes de Sena o Fitipaldi y eso te vuelve naturalmente piloto experto. Diablos, en una de esas simplemente te fascina correr a toda velocidad y ya, o como me dijeron alguna vez, ese carrazo que traes, ese Audi, o Mercedes, o BMW, trae incluido un permiso para romper todas las normas de velocidad. Tal vez simplemente eres un conductor genial y ya… Sea como sea, ¿Puedo hacerte una pregunta?

¿Que te da derecho de asustarme, pedazo de idiota, a mi y a mi familia? ¿Qué, o quién, te da derecho de acelerar a más de 190 Km/h, rebasarme por la derecha, y meterte frente a mi en la carretera, evadiendo a un trailer y casi rozando la defensa delantera de mi coche? ¿Qué te da derecho de provocarme un sobresalto en el estómago, de dejar sin aliento a mi esposa, que despierta en un respingo, tensa y preocupada, y de hacerme preguntar, en un momento, qué habría pasado si mi cerebro, de forma totalmente autónoma e inconsciente, no hubiera frenado de manera automática al escuchar tu motor, en loca carrera, apenas un segundo, para dejarte pasar entre nosotros, el trailer y yo, evitando apenas algo mucho peor que un mal instante? Dímelo, con toda sinceridad.

Vamos, así, como es: para ser un imbécil tienes todo el derecho del mundo, pero para poner en riesgo mi vida, la de las personas que amo, y la de cientos de otros conductores en el camino, ¿quién o qué te lo ha dado? Probablemente tu vanidad, tus complejos de inferioridad, o simplemente que careces de toda moral.

Como tu, hay demasiados. Esa es la lástima. Que después de ti, y del susto, me encontré no uno, ni dos, sino al menos quince más, en un trayecto más o menos de una hora, igual de insistentes, igual de amantes de la velocidad, tocando el claxon, prendiendo las luces altas, o activando su señal direccional, empeñados en quitar al que se les pusiera delante, con tal hacer cumplir su egoísta voluntad, su maniática arrogancia, y seguramente sonreír para sus adentros, satisfechos consigo mismos. Cómo me gustaría, te lo digo de veras, que cogieras tu coche, ese precioso aparato que probablemente te interesa más que todas estas palabras, y lo llevaras a un gran, gran estacionamiento, y ahí te des vuelo, acelerando a 180, a 200, ¡a 250 km/h si eso te place! hasta estrellarte a toda velocidad con una pared, solito, a ver si eso también de emociona.

Sarcasmo aparte, permíteme zanjar el asunto: tienes derecho de hacer con tu vida lo que te de la gana, incluso perderla, pero a los demás seres humanos con los que convives, te guste o no, déjanos en paz. Y si no eres capaz de convivir en sociedad, obedecer unas pocas reglas sencillas, algunas solo por sentido común, o simplemente no te interesa, puedes largarte. A mi me da lo mismo. Probablemente lo preferiría. Si así te comportas en la carretera, ¿cómo lo harás en el resto de la vida? He dado terapia suficientes años para saber que la falta de principios, y la soberbia, contaminan todo lo que una persona hace. Si… te prefiero lejos, muy lejos. La lástima es que no será así. La soberbia hace otra cosa también: que las personas no solo se nieguen a aprender de sus errores, sino que disfruten de la estupidez.

J. C.

Un buen hombre…

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Se trata de Tom Hardy y su perro. Ignoro si es un buen hombre o no, pero el retrato es perfecto para la idea que trato de enviar con este artículo.

He sido psicólogo clínico un poco menos de la mitad de mi vida, y en ese tiempo he visto muchas, muchísimas cosas. Pero antes que terapeuta, lo que siempre he sido es hombre. Nací como tal, pero sobre todo fui educado para actuar como tal, — por un padre que tiraba esgrima en el jardín de su casa, y por una madre que pensaba que ambos, no solo él, estaban primero —  y he tratado de siempre honrar esa consigna durante ya casi 39 años. Con ese dato como preámbulo tal vez no les extrañe si soy enfático en asegurar que estoy terriblemente desilusionado con la forma en que la masculinidad se desarrolla a mi alrededor. Giro mi cabeza en todas direcciones y lo que me encuentro no son hombres, sino payasos… Payasos barbones, payasos de gimnasio, payasos futbolistas, payasos ejecutivos… pero payasos al fin. Y estoy cansado. Hoy tengo ganas de ser un poco menos complaciente, un poco menos amable, y decir las cosas como me parece que son.

¿Qué significa ser un hombre? En principio de cuentas permítanme expresarles mi opinión — y finalmente solo es eso —: los hombres no somos una irrigación inagotable de testosterona, un falo con patas y ya… permanentemente sexuales, enfocados solo en acostarnos con la siguiente mujer o en jadear excitados frente a la página doble de Playboy. No señor. Nos gusta el sexo, y mucho. Y nos gustan las mujeres… Y MUCHO, pero el buen hombre entiende que hay mucho más en el horizonte.  Que ser hombre puede ser complicado, pero toma ese reto como un privilegio, y lo vive a tope. Que no… no todos los hombres somos iguales, no todos los hombres somos persistentemente infieles, y no todos los hombres pensamos solo en comer carne, beber cerveza, y ver futbol. Para algunos de nosotros la palabra caballero tiene aun mucho significado.

Voy a tratar de mantenerlo simple, ¿de acuerdo? Un verdadero hombre…

Es activo: Un hombre no puede mantenerse quieto. No es flojo, y su idea de un fin de semana perfecto no es tirarse frente al televisor y beber cerveza. Un hombre es creativo, e inquieto. Repara cosas, estropea otras tratando de arreglarlas, y tiene una curiosidad constante. Le gusta entender el significado del mundo, y si, intentar controlarlo — en el mejor sentido de la palabra. A un hombre no hay que arrearlo, no hay que suplicarle que haga cosas, ni se echa a llorar porque “no puede”. Un hombre encuentra la forma de lograrlo.

Es leal: No miente, no traiciona, no hace fraudes, no se sale con la suya. No es “muy cabrón”, ni piensa que el que “no transa no avanza”. De hecho un hombre se siente indignado frente a la necesidad de ser ventajoso para tener éxito.

En sus relaciones personales se mantiene al lado de sus amigos, y de su familia. Es fiel, servicial y dispuesto a pelear por ellos.

Y en la pareja… NO LA ENGAÑA. Punto, se acabó. No se acuesta con otras mujeres. No fantasea sexualmente con otras mujeres. No desea a otras mujeres. La infidelidad es para cobardes.

Es orgulloso: Por supuesto. Se esfuerza todo el día por hacer las cosas que hace y mantener segura a la gente que quiere. Eso debería hacerlo sentir orgulloso, y digno.

Pero es moderado, y humilde: Su dignidad no lo hace egocéntrico, o presumido. No lo hace soberbio. No necesita subestimar a nadie. Un hombre pone su carácter por encima de su ego. Si bebe, no se emborracha. Si come, no es un barril sin fondo, asqueroso y mal oliente. El hombre es prudente, y cabal. Entiende que hay límites, y no-los-cruza.

Honra y respeta a la mujer: Cuando le abre la puerta del coche, o de la casa, recoge algo que se le cayó del piso, le da la mano para levantarse de la mesa, o le presta su chaqueta para cubrirla de la lluvia, no es porque la considera inferior, sino porque la respeta como su igual y la cuida como algo precioso, que adora, y cuya consigna es mantener a salvo. Cuando paga la cuenta, o asume los gastos de casa, no es porque la pone en una posición inferior, o la minimiza, sino porque encuentra dignidad y auto respeto ganándose la admiración de alguien tan fuerte como él. Un hombre jamás devalúa a la mujer. JAMAS. Jamás le grita, le dice groserías, se queja de ella con sus amigos, o le dice “vieja”. El hombre ve a la mujer como alguien diferente pero especial, y en el silencio de su mente la admira. De la admiración surge el deseo por ella… jamás de un impulso de dominarla. Un buen hombre es fuerte, y autosuficiente; seguro de si mismo… ¿para qué rayos querría probarse a si mismo dominando a la mujer? Solo el cobarde necesita demostrarse que no lo es.

Y también honra y respeta a otros hombres: No compite sin necesidad, es decir, para levantar su ego en una comparación de falos. El hombre coopera con otros hombres, traba amistad, y hace alianzas duraderas y buenas; o si es necesario pelea con ellos, pero porque le precede una causa honorable, no porque teme ser inferior o ridiculizado. Si el honor, la justicia o el deber no sostienen su palabra, entonces no levanta un puño frente a otro hombre

Es responsable: cuando actúa lo hace porque es necesario. Y se equivoca… Dios… se equivoca mucho. El hombre ES impulsivo, y a veces sus acciones van más rápido que su cabeza. A veces no es prudente, e intentando ser bueno hace cosas estúpidas… Pero después corrige, repara. Pide perdón, aprende, y sigue adelante. Si, un buen hombre es un poco bruto, pero sus intenciones son correctas, ¿por que? Porque cumple con su deber. Hace cosas que pueden no gustarle, cede en otras en las que cree que tiene razón, y se fuerza a empujar, enfrentando cosas que le dan miedo. Para eso hay que ser un poco impulsivo, y no pensar demasiado… Un hombre es valiente. Y tiene coraje.

Es honesto. Todo el tiempo. Si le dices que no pasa nada, entonces no pasa nada. No va a indagar más allá de lo que quieras decirle. Pero eso si… es sensible, y se puede confiar en él. A veces es tan simple que puede ofender sin querer, pero un buen hombre guarda silencio, y le gusta escuchar a su mujer. Si tiene una queja, la va a recibir, e intentará cambiar. Un hombre de verdad no tiene miedo a mejorar, ni tiene miedo a la crítica.

Es agresivo: Claro que lo es. Lucha siempre que puede, y va por lo que quiere. Los hombres somos cazadores, lo llevamos en la sangre, y nos gusta una buena pelea. Ser agresivos es lo que nos permite seguir adelante pese al miedo, pese al dolor, pese a la incertidumbre, pese al dolor…

Pero un buen hombre no es violento. No es mordaz. No disfruta el dolor ajeno, ni se impone por vía de fuerza. Eso solo lo hacen los imbéciles, y también son esos los que confunden agresión con violencia. Agresión es caminar, firme y presto, hacia el frente, o al menos eso nos dice la etimología de la palabra… y los hombres siempre vamos en esa dirección — aunque a veces tengamos que echarnos para atrás para coger vuelo.

Pero también es tierno, sensible y atento. La agresividad, fortaleza y coraje de ningún modo están peleadas con la emocionalidad, la empatía, la generosidad, el servicio… Un hombre no es sensiblero, pero tampoco es patán. Un hombre sabe expresar dolor, y tristeza. Llora, y lo hace abiertamente, sin miedo. Pero no hace berrinches… No utiliza sus emociones como excusas para no cumplir con su deber, y sin embargo tampoco utiliza su masculinidad como pretexto para no ser tierno y cuidadoso. Un buen hombre sabe dar un abrazo sensible, un beso suave… y también un puñetazo en medio de los ojos… Todo depende del momento y las necesidades.

Es sencillo y tiene clase. Al hombre le interesa ser agradable. Es limpio, es cuidadoso… y silencioso.

Es bueno. No idiota. Es Bueno, porque posee bondad. Tiene un código de ética, un código moral, y se sujeta a él.

Viene en empaque pequeño, delgado, muy delgado, o fuerte, cuadrado, gigantesco; es feo, o atractivo… Hace ejercicio, o no… Pero es firme, se pone de pie muy recto, y ve a la vida directo a los ojos. Es hombre, y lo sabe. Entiende su responsabilidad y le encanta

Y nunca, nunca se rinde.

Nunca.

Nunca.

Se cae… Se lastima. Se aterra… Y duda…

Pero nunca se rinde.

Vivir… Muriendo.

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“Self-awareness is a supreme gift, a treasure as precious as life. This is what makes us human. But it comes with a costly price: the wound of mortality. Our existence is forever shadowed by the knowledge that we will grow, blossom, and, inevitably, diminish and die”.

– Irvin Yalom

Staring at the sun.

El día de ayer conversaba con un paciente acerca de la muerte. De hecho, esto es algo que ocurre a menudo. La muerte suele ser una invitada constante en la vida de la gente y aquí en el consultorio. Una invitada, hay que decirlo, que a nadie le agrada, y que pese a todo no puede evitarse. Estamos absolutamente comprometidos con ella, involucrados en sus decisiones, y la vida no podría ser sin su presencia. Sea como sea, mi paciente, que llegó muy pensativo y sí, un poco conflictuado, acababa de pasar una situación difícil el fin de semana. Un amigo cercano de su padre acababa de morir de forma intempestiva, y el resultado produjo toda una serie de trámites, subidas, bajadas, discusiones, en fin, que terminaron por agotarlo. Sobretodo le trajo a la memoria muertes pasadas, sinsabores y amarguras inevitables. Le recordó la pérdida de su propia madre, de amigos queridos, y esto fue hundiéndolo cada vez más en el pensamiento recurrente sobre la inutilidad de la muerte y sobre todo del ritual que le rodea, Es decir, el velorio, el llanto, los innecesarios pésames, y lo que él llama la prolongación sin sentido del dolor.

Difiero de su opinión, por supuesto. Si, en definitiva la muerte duele, y duele mucho. Creo que no podría ser de otro modo. Pero ¿qué sería del ser humano sin sus rituales? ¿Qué sería de nosotros sin la capacidad de interpretar y re-interpretar la realidad que nos rodea? Al final, esa es la razón de ser de cada ritual, de cada una de las pequeñas variaciones que hacemos voluntaria o involuntariamente a nuestras rutinas y nuestros actos, tratando con todas nuestras fuerzas de traer sentido al caos que nos rodea. Lo que nos vuelve humanos es nuestra capacidad de ser conscientes de nosotros mismos y luego de tomar decisiones con base a esa conciencia, a esos pensamientos, a esos debates. Le explicaba a mi paciente, como lo hago con ustedes, que el hecho de renegar de estos momentos indispensables de reflexión, por más que duela, no solamente no mejora las cosas sino que las empeora. Y además, ¿por qué siempre tenemos que estar en este empeño infantil de huir del dolor? Porque este dolor Jorge, es innecesario, me contesta. ¿realmente lo es?, quiero saber, y al final los dos nos quedamos con la duda. Él con su opinión, yo con la mía. El no viene aquí a cambiar de parecer, a creerse a pies juntillas lo que yo le digo. Viene a encontrar paz y tranquilidad, a poner en orden sus pensamientos y su mente. Yo, sin embargo, si me quedo con todas estas ideas. No me atormentan, pero si me persiguen. Últimamente he estado pensando mucho acerca de la muerte…

En mi libro Enfréntate al Miedo, propuse una idea que a decir verdad no es mía, sino más bien producto de años de pensamiento y reflexión de muchos antes que yo, y que es muy simple: el terror original del ser humano, aquello a lo que todos en secreto tenemos, y que después se configura en la génesis de todos nuestros demás temores, es el miedo a morir; el miedo a nuestra caducidad… El miedo a perder lo único que teóricamente nos pertenece: nuestro ser.  “…ya que para el conjunto de la humanidad es todavía un artículo de fe el hecho de que la muerte es la mayor de las desgracias humanas, y que el acto de morir es la última y agónica lucha contra la extinción. Al mismo tiempo, la incomprensibilidad de la muerte y su supuesta irrevocabilidad han intimidado y aterrorizado a hombres y mujeres desde los albores de la conciencia”, nos dice Philip Kapleau en su libro “El Zen de la vida y la muerte”. Por otro lado, Ginette Paris, en su obra “La vida interior” afirma que “En psicología, los miedos se clasifican según su profundidad. Entre la superficie y el abismo hay una abundante cantidad de miedos, peces de todas las formas y tamaños que nadan en las aguas de la psique y que pueden ser atrapados por la red del psicoanálisis (…). En el fondo yace un solo miedo: la muerte”. Ejemplos semejantes hay muchos, y aunque de vez en cuando he conocido a algunos que afirman categóricos que la muerte no es el miedo general del ser humano, la evidencia que me he encontrado en el camino, dentro y fuera del consultorio, parece refutar su opinión. Siempre hace falta más tiempo, más oportunidad, más momentos. ¿Para qué?, eso es lo que menos importa; siempre hace falta más… No importa en realidad si este ha sido un buen día, si hoy he sido feliz, si hoy me la he pasado bien… lo que importa es que se va a acabar, que va a pasar, y no queremos que ocurra. El solo saber que todo se termina, y que debe terminarse para pasar a otra cosa, nos altera. Tanto más con la muerte, que es el término final y definitivo. Y después de él, ¿qué sigue? ¿Lo sabe alguien? No, y mejor así, que continúe en misterio. A veces saber demasiado estropea la sorpresa. La cuestión es que nuestra tendencia enfermiza de ubicarnos en el futuro, en general, hace más daño que bien. Eso, y nuestro gran y gordo ego, que se resiste con los dientes a soltarse y fluir, a aceptar que en realidad no somos poseedores realmente de nada… Y sobre todo de lo más evidente: que para empezar no hace falta poseer nada para Ser, eso ya nos viene dado por el solo hecho se existir. Todo lo que está en nuestras manos, incluso la vida, es un préstamo. ¿Por qué debería ser de otro modo?

La pérdida es el gran catalizador del cambio. Si tan sólo pudiésemos ver que nuestra vida depende directamente de su caducidad, la historia sería distinta. Justamente porque nada dura para siempre, porque existen el término y la renovación, nos encontramos en un constante impulso vital hacia el frente, hacia la creación y el descubrimiento. Saber que “se acaba”, que seremos expulsados de la comodidad, y que con esa expulsión tendremos que crecer, madurar y enfrentar nuevos obstáculos, nos inclina a ser más fuertes, más valientes, más inteligentes. A seguir caminando. Si, la muerte, y la pérdida, duelen, y les tememos, pero sólo porque no entendemos cuánto les necesitamos. ¡Qué aburrida debe ser la inmortalidad! Qué poco nos reta; que insulsa e incolora la vida del que sólo sabe ganar, y qué rápido nos acostumbramos a la alegría que nunca se acaba, al placer que no nos ha costado nada ganarnos.

¿Será muy atrevido de mi parte decir que deberíamos celebrar la muerte? Tal vez si. Aún extraño a mi padre, que murió hace mucho. Así qué no seré hipócrita, ni radical. Lo he dicho antes y lo haré de nuevo: la muerte es una incómoda compañía. Tal vez, pues, lo que habría que celebrar no es la muerte, sino la vida, que justamente porque se acaba es tan rica, y tan maravillosa. Según el Tao, no hay oposición, no hay lucha… solo complemento. La realidad no es arriba o abajo, sino las dos al mismo tiempo. La verdad no es buena ni mala, sino sólo eso, la verdad… La vida y la muerte son una misma moneda en la lotería de la existencia… Tan dependientes la una de la otra como nuestros ojos dependen de la oscuridad para poder distinguir la luz.

El caos, para mi, no existe. El caos es el producto de nuestra resistencia. Mi paciente llama al dolor del ritual innecesario. Yo, en cambio, le llamo oportunidad y sentimiento. Pellizca mi piel, y descubro que estoy vivo. Le digo adiós a los que dejan este mundo, y me permito empezar de nuevo. Somos transición, somos aliento, somos vida; los que están y los que no. En verdad, el caos no existe. En el fondo, creo que no tenemos nada que temer…

Me marcho ahora. Los dejo, con la esperanza de que lo piensen un poco. Dios sabe que yo lo seguiré haciendo.

Un abrazo.

J.C.

La renuncia y el miedo a volar

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But renunciation does not mean turning our back on the world. It means turning our back on the conditions that cause suffering—greed, anger, and ignorance—and rediscovering our natural confidence through seated meditation.

– Jakusho Kwong Roshi. “No Beginning, No End.”

Son las 8:04 de la noche. Mientras escribo estas palabras estoy aproximadamente a 30’000 pies de altitud, en un avión que está llevándonos a mi esposa y a mi de vuelta a casa, después de unas maravillosas vacaciones (ya les contaré un poco sobre eso también en su momento). Ha transcurrido exactamente una hora con dieciocho minutos de vuelo, y estando a poco menos de media hora de tocar tierra se me ha ocurrido esta pequeñísima entrada en el blog, a propósito de la renuncia, la motivación, y la verdadera felicidad.

Verán, hace apenas unos seis años me era absolutamente imposible volar sin experimentar el más absoluto terror. Así, tal cual, sin exagerar. Me pasaba días pensando en que habría de subirme a un avión, cavilando si habría alguna clase de ansiolítico o semejante que pudiera ayudarme a soportar el transe — y sabiendo de ante mano que ninguno sería suficiente para lograrlo –, y por supuesto, en un estado de absurdo e innecesario sufrimiento. Había probado relajarme, controlar mi respiración, pensar en otras cosas, oír música, y pese a todo el miedo seguía ahí: el miedo a morir. “Es el medio más seguro para viajar”, me decía a mi mismo. “Eso lo sabemos todos”, y sin embargo el alivio era mínimo. ¿Y si esta fuera la excepción? Porque siempre la hay, ¿cierto? Siempre hay una excepción, una posibilidad, y esta podría ser. No quería morir, era tan simple como eso (es probable que ninguna persona en su sano juicio lo desee); y aún no lo deseo, por supuesto. Aún me desagrada la posibilidad de dejar la tierra en un accidente aéreo, o en cualquier otra circunstancia. Sin embargo el miedo a volar se ha ido. Aquí, surcando el aire, se los puedo asegurar con total certeza: estoy en paz, sonriendo. Son varios ya los vuelos que he realizado pasándomela fenomenal, y supongo que va seguir siendo así. ¿Cómo pudo ocurrir esto? Finalmente, vencer el miedo a volar es algo que a la mayoría de la gente le cuesta muchísimo trabajo. La respuesta, como siempre, es la más sencilla: renuncié a la vida. Asi, como suena. hace un rato, en el mismo momento en que di el primer paso en dirección a la puerta del avión, ya había dejado fuera, por decirlo así, mi aferre a vivir eternamente y controlar mi destino. Lo que sea, será, y si esta es mi hora lo acepto sin más.

Cientos de veces he escuchado decir que esto es una insensatez. Que con una renuncia de semejante tamaño vivir es imposible, pues se pierde toda motivación, todo deseo, toda esperanza. Les aseguro que no es verdad, y que todo proviene de un error muy simple: renunciar a la vida no tiene nada que ver con renunciar a la motivación, sino más bien a dejar ir nuestro apego a las cosas, incluso a nosotros mismos. La verdadera motivación nunca debería estar depositada en cosas externas y materiales, eso lo sabemos ya; se trata de la gran obviedad. ¿Dónde depositarla entonces? ¿En qué creer si no en vivir, en tener un día más, en tener tiempo para hacer más? Bien, permítanme proponerles un cambio, una inversión “radical”, si quieren verlo así. ¿Que tal si en lugar de aferrarnos a la vida pensando que eso va a motivarnos a seguir luchando, soltáramos todas las amarras, absolutamente todas, y decidiéramos confiar en qué lo que hemos hecho, lo que hemos tenido, ha sido suficiente, y con eso basta? Qué no hace falta más. ¿Qué pasaría si simplemente aceptáramos que todo acaba, absolutamente todo, y nuestra existencia no puede, ni debe, ser la excepción? ¿Qué pasaría si simplemente nos dejásemos ir, confiando en que lo que sea que pase será lo mejor, lo absolutamente mejor, pese a que no se acomode a nuestros deseos? Ocurriría algo extraordinario, se los aseguro. Ocurriría la gran paradoja…

Al dejar ir al ego y al apego, al renunciar a la vida, perdemos automáticamente el miedo. Dejamos de apretar y soltamos. Con el acto de soltar, fluímos, y aquí es donde sucede el milagro: sobreviene la aceptación incondicional del presente y lo que sea que esté ocurriendo en él, incluso el posible cese de nuestra vida… Puesto que no podemos hacer nada, absolutamente nada para evitarlo. Con el milagro, con la calma, nos invade algo más: la felicidad, porque por primera vez podemos experimentar el momento presente con toda plenitud, sin expectativa o deseo que podamos perder; sin pertenencia que duela perder porque para empezar hemos dejado de poseer. La paradoja, pues, es esta: al renunciar a la vida es justamente cuando se empieza a vivir, plena y totalmente; de forma completa… del mismo modo que al renunciar a buscar la felicidad es justamente cuando ésta se encuentra. La motivación real del ser humano no debería ser vivir para siempre, o tener todo lo que desea, creciendo incesantemente. La única motivación que vale es vivir genuinamente y no a medias. Vivir con miedo, temiendo cada paso, cada riesgo, cada aventura, en un intento infantil de controlar el entorno o prolongar lo que, para empezar, tiene que acabar algún día, sencillamente no es vivir.

El avión está empezando a frenar. Justo a tiempo. En cualquier momento me pedirán que apague el iPad, y yo cerraré los ojos para hacer nuevamente mi acto de renuncia (¿quien dijo que con la primera vez bastaba? ¡Si hay que renunciar siempre!) O quién sabe, tal vez solo con haber escrito estas palabras lo he hecho ya. Después…veremos qué ocurre… Y que la vida me sorprenda. Yo prefiero aceptar lo que venga y disfrutarlo.

Un fuerte abrazo,

J.C.

Devoción y servicio: apología del héroe parte 4

Si estás pasando por el infierno, sigue caminando.

– Winston Churchill

En ocasiones las cosas simplemente no salen bien. Es más, en ocasiones las cosas no solo no salen bien, sino que se van estrepitosamente al mismísimo demonio; así,  de plano y sin aviso, llevándose con la caída mucho, si no todo, lo que hemos construido, y más aun, muchas de nuestras buenas intenciones.  En esos días uno levanta la cabeza, cansado, y hace reclamos absurdos al cielo: “¿por qué?” es el más frecuente. “¿Qué hice para merecer esto?”, es otro que se ve con relativa regularidad. Sea como sea, la cuestión es que pasa, y pasa mucho.  No debemos engañarnos. El mundo no es un lugar naturalmente cómodo, diseñado para satisfacer todas nuestras necesidades y regalarnos, día con día, paz y tranquilidad. Por el contrario, es un lugar sorpresivo, complejo, y muchas veces confuso, en el que encontrar sentido, y navegar, cuesta trabajo y sangre.  No puedo decir que es un lugar malo, porque no lo es. Por el contrario, está lleno de pequeñas y deliciosas satisfacciones para todo aquel que esté dispuesto a cosecharlas… pero de que es un sitio difícil, lo es. Se trata de un lugar que nos somete a constantes desafíos, pero que sobre todo pone a prueba nuestras creencias, que son las que más fácilmente se tambalean cuando no somos fuertes y no hemos dedicado un buen rato a cultivarlas.

Crédito de la imagen: Just never give up, de Joshua Benson.

En verdad es casi imposible no sentirse agotado cuando la gente que amamos muere, cuando la economía se va al traste, cuando enfermamos de algo grave y de difícil solución, cuando extraños que nunca hemos visto antes amenazan nuestra integridad… Cuando somos lastimados en lo más profundo del ser.  La filosofía, sin embargo, parecería tener una solución, y nos la han repetido – yo mismo lo he hecho – decenas de veces en el pasado: “lo importante no es no caer, sino levantarse”. Bien, de acuerdo… es verdad… ¿pero cómo? ¿Cómo levantarse cuando el cuerpo duele, cuando el espíritu llora, y cuando la voluntad está a un centímetro de quebrarse? ¿Basta la constancia? ¿Basta la disciplina? No. No bastan. Es necesario algo más, algo que está en el núcleo de la valentía,  en el eje de la voluntad heroica, y que no se encuentra en otro lado: la devoción. Eso es, ni más ni menos, lo que se requiere de nosotros.

Por definición, de acuerdo a la RAE, devoción significa “1. Amor, veneración y fervor religiosos. 2. Práctica piadosa no obligatoria. 3. Inclinación, afición especial. 4. Costumbre devota, y, en general, costumbre buena”, y proviene del latín devotus, es decir “voto, consagración y dedicación”. La mayor parte de la gente, por razones obvias, relacionamos la devoción con el terreno religioso, con lo sagrado, y es correcto. Aquí, en lo que atañe al héroe, a la conducta valerosa, y a la capacidad de ascender del dolor, el peligro y nuestra propia sensación de catástrofe, lo haremos igual, puesto que lo que estamos buscando, insisto, no es la sola declarativa inconsciente que se lee “debo seguir adelante”, sino la convicción absolutamente férrea, rigurosa,  del compromiso… y sobre todo, del amor. Si esa clase de compromiso no es religioso en el más estricto sentido de la palabra, entonces no sé qué es.

Cuando aparentemente todo se ha perdido, o está por perderse, solo un voto de amor puede salvarnos y empujarnos a continuar. Una genuino ofrecimiento a algo que vale tanto, que simplemente no podemos permitirnos permanecer caídos, en la lona. Algunos dedican su alma al Dios de su elección, otros a la persona querida. El héroe dedica su amor a su causa y al camino del guerrero: a la bondad, a la justicia y al deber… Al servicio.

Aquí es pues donde cierro el círculo,  donde explico de una vez por qué he dedicado tanto tiempo, y tantas palabras, a este tema… por qué tanto habar acerca de la bondad y la integridad…

Porque luchador puede ser cualquiera (y eso está bien. La mayoría de las veces, eso es suficiente). Cualquiera que tenga tesón, voluntad, y claro, constancia, puede seguir adelante. Hasta el enojo y el ego vienen bien a veces para ese fin… O incluso la venganza… Pero solo alguien que está absolutamente comprometido con sus creencias, y que ha pasado su vida dedicado a que esas creencias sean las mejores, corrigiendo su naturaleza humana hasta adquirir la capacidad de hacer su ego a un lado y despreocuparse por la posesión, el éxito, el fracaso, el reconocimiento, el cumplido, o hasta el agradecimiento, adquiere el poder de la devoción, convirtiéndose así en un héroe. En alguien que no se levanta para encontrar solo un beneficio personal, sino que dedica su trabajo a otros, a la protección de esos ideales, y solo hasta entonces siente satisfacción.

La gente quiere la respuesta mágica. La panacea. La ruta clara que les ayude a vencer al miedo, la angustia, el pesar, la duda, la zozobra.  Quieren ser felices. Quieren que el mundo cambie, pasar los días en un lugar mejor. Pues bien, el individualismo no sirve para lograrlo. Lo digo ahora y con toda claridad: no hay respuestas mágicas, o simples. La felicidad exige sacrificio, y trabajo… Eso lo sabemos todos. Creo que no hay motivador o escritor de desarrollo humano que no lo haya dicho ya. Lo que no nos han dicho, o lo han dicho poco, es que el sacrificio implica mucho más que solo exponerse al dolor en un denuedo definitivo: implica hacer la palabra yo completamente a un lado… la palabra quiero completamente a un lado. Olvidarnos de nosotros y ver hacia fuera. Sacrificarnos no es solo esforzarnos, es estar dispuestos a morir – literalmente, morir – por los ideales grandes y dignos que nos hacen bien a todos. Ahí está la clave de la felicidad: en luchar hasta la muerte, en llevar nuestro cuerpo, y nuestra mente, al límite de su capacidad, sea la que sea, y solo hasta entonces, parar, sin importar si se gana o no, si se cae mil veces en el camino, o si nos quedamos en él. El héroe es un luchador, si, y un guerrero… pero sobre todo es un devoto: un devoto a la justicia, a la bondad, a la valentía, y a los demás seres humanos, a los que sirve. No es un señor, no es un rey, no es un poderoso, justamente porque su esencia es servir, y solo por vía de la humildad tal acción es posible.

Así que la próxima vez que caigas, que la vida te abofetee, que pierdas todo lo que amas, y el caos te envuelva, pregúntate qué puedes tu darle al mundo, no por qué éste te ha privado de lo que quieres. Pregúntate cómo puedes servir a los demás. Ese servicio, esa entrega… esa devoción, te lo aseguro, curará tu alma de las heridas que puedas haber sufrido. Ahí está todo el sentido y el propósito que requieres para seguir adelante y luchar, un día más. Solo un día más…

El mundo necesita héroes. ¿Será que podemos hacer lo que la vida, lo que esta vida, lo que este momento, requiere de nosotros?…

Gracias por leer, y por creer. El futuro está por venir.

Un fuerte abrazo,

JC

En Defensa del Héroe (parte 1)

(Antes que nada: Este artículo es apenas el primero de varios sobre el tema que iré publicando a lo largo del tiempo).

El último capítulo de un libro que autopubliqué hace algún tiempo (y que espero, algún día vea la luz de nuevo), “La vida en principios”, está dedicado a la trascendencia. En las dos o tres páginas finales de ese capítulo, sin darme cuenta de lo que hacía, empecé a escribir sobre la heroicidad; sobre algunas de las cosas que vuelven a una persona común y corriente un “héroe”.  El libro aborda un modelo personal en el que planteo que al asentar la vida en principios, en un sólido código de conducta ético, se puede lograr la satisfacción y en última instancia una vida con propósito y felicidad (ambicioso, ya lo sé…).  Por supuesto, cuando comencé el proyecto la heroicidad no figuraba en él, ni por asomo de casualidad, y sin embargo, accidentalmente, dejándome llevar por el vaivén de la escritura, llegue hasta ahí.  Fueron apenas 3 páginas, pero a partir de ese momento el asunto ha estado dándome vueltas y vueltas en la cabeza.  Tanto, que mucho de mi siguiente libro tendrá que ver con ello (pero de eso ya hablaremos mucho en otro momento).  Hoy, quiero compartirles un poco de toda esa reflexión.

No tengo plena conciencia de cuándo empezó a interesarme el tema de los héroes, pero sé que fue pronto.  Sé que el primer recuerdo de mi vida involucra a mi hermano y a mi madre, una pequeña televisión B/N que tenía en su habitación… y al mítico personaje que en ella aparecía, columpiándose por los rascacielos de NY: el Hombre-Araña (cosa que nada sorprenderá a mis queridos amigos que conocen mi afición por el comic de aquel extraño super-héroe).  ¿Qué tendría? ¿3 o 4 años? Probablemente.  Y lo cierto es que no me tomo a broma este primer recuerdo, ni su relación con la heroicidad, porque tiene mucho de simbólico.  En él aparecen mi hermano (de quien aprendí el significado y el valor del honor), mi madre (de quien aprendí su código de ética y conducta), y mi héroe personal de la infancia (ese que sacrifica su vida a diario bajo la consigna de que con “gran poder viene gran responsabilidad”).

Probablemente a muchos de ustedes no les interesan los comics. Ni el Hombre-Araña. Pero seguro que les interesan los héroes, y la conducta heroica, y la eterna lucha del bien contra el mal. Por supuesto que si. ¿Cómo lo sé? Fácil. Las novelas que más se venden son las que involucran a personajes extraordinarios (y no necesariamente porque tengan muchas virtudes), que luchan contra la injusticia, la opresión o ya de plano el mal en alguna de sus manifestaciones (El Código DaVinci, El Poeta, El Psicoanalista, La Torre Oscura),  las películas más taquilleras son las épicas/míticas que involucran batallas por los grandes ideales (Star Wars, El Señor de los Anillos, Las Crónicas de Narnia, las dos o tres de super héroes que nos presentan cada año, Star Trek), y en la TV. lo que más nos llama la atención son las series con personajes abnegados, sacrificados, que en el cumplimiento de su deber, salvan a pocos, a muchos, ¡o hasta al mundo! (Héroes, Lost, La Ley y el Orden, las mil-y-un-versiones de CSI, ER, etc.).  La figura del héroe, lo queramos o no, está presente, y nos encanta.

En realidad, como bien se dio cuenta Joseph Campbell (escritor del célebre “El Héroe de las Mil Caras”), la fascinación humana por ellos es antiquísima.  Las grandes similitudes entre los héroes griegos (Aquiles, Héctor, Odiseo, Jasón, Hércules) y los héroes modernos, en cualquier medio que se nos presenten, no son casualidad. Son la manifestación de ocultos pero eficientes engranajes en nuestro inconsciente que nos llevan a admirar, y fascinarnos, ante las historias de las grandes personas que han logrado cambiar el orden de las cosas como lo conocemos, pero más aún, que con grandes sacrificios a su integridad, o incluso su vida, nos mantienen a salvo.

Pero creo que hay algo más importante para nosotros en el presente; mucho más relevante, y no tanto desde el análisis literario, sino en la problemática del día a día:  La presencia del héroe real, de carne y hueso, y la necesidad urgente que tenemos de buscar y encontrar esa capacidad dentro de cada uno de nosotros… ¿Y por qué le llamo necesidad-urgente? Pues verán, porque me parece que bien podría ser el remedio para muchos de los supuestos males que aquejan a nuestra sociedad moderna, y más que eso, a cada uno de nosotros como individuos.

Martin Seligman, quien durante algún tiempo fue director de la famosísima APA (Asociación Psicológica Americana), y creador del concepto de “optimismo aprendido” originó hace algunos años lo que ahora conocemos en el medio como “Psicología Positiva”. Grosso modo, la propuesta de Seligman y colaboradores es que debemos poner mayor enfoque en las fortalezas humanas y no tanto en la patología (ojo: poner-más-atención, no olvidarla… en el fondo los psicoterapeutas debemos seguir siendo clínicos).  Como resultado, después de numerosas investigaciones, generaron un listado de virtudes universales; es decir, comunes a todas las culturas de la humanidad, y que han estado presentes a lo largo de toda la historia del hombre:

  • Sabiduría y conocimiento
  • Valor (courage, en inglés… me gusta más)
  • Humanidad
  • Justicia
  • Templanza
  • Espiritualidad y Trascendencia

Hermosas, ¿no es así? Y lo mejor es que todos los seres humanos, TODOS, podemos desarrollar y amplificar estas virtudes en nuestra vida. El potencial existe dentro de cada uno de nosotros. La pregunta es, ¿entonces por qué no estamos haciéndolo?… Porque vamos, si estuviéramos haciéndolo, no existirían ladrones, ¿cierto? Ni asesinos, violadores, políticos corruptos, jefes tiránicos, horarios de trabajo y salarios injustos, padres violentos, golpeadores de mujeres, pedófilos, gente holgazana, compañías o individuos fraudulentos, gente mentirosa… etc., etc., etc…

El problema de la maldad me ha ocupado desde hace mucho. Y sobre ese tema si estoy consciente desde cuándo. Los primeros ensayos que escribí al respecto datan de cuando estudiaba la secundaria, hace unos buenos 20 años. Ya entonces me maravillaba, como objeto de estudio, la enorme capacidad humana para hacer el mal, y la facilidad, aun más grande, con la que cada uno de nosotros caemos, accidental o propositivamente, en actos malos.

Si.  Todos. Ustedes y yo.

Oh claro. Yo he mentido. Yo he lastimado a otros. He realizado actos aprovechados, tratado de sacar partido de una situación desventajosa de alguien. He sido egoísta, he sido agresivo. ¿Ustedes no?  Yo creo que si.  La envidia y los celos, como todo psicoanalista sabe, son naturales a la especie humana, y mucha de la maldad del mundo, en realidad, es producto de esos sentimientos básicos que todos, todos, hemos experimentado.  Ahí, justamente, es donde está el quid de la cuestión; el fundamento de este largo artículo… Todos tenemos la capacidad para actuar con maldad, y lo hemos hecho. Pero solo porque podemos ser malos y conocemos la maldad, es que existe la posibilidad de corregir y perfeccionar nuestra naturaleza humana. Por eso el tema de la heroicidad es relevante en esta época, y por eso es que las virtudes de Seligman, son fundamentales para el buen funcionamiento de nuestra sociedad y nuestra humanidad.

El héroe es una persona que usualmente no se llama “héroe” a sí misma.  De hecho, casi todos los que han realizado un verdadero acto heroico, al ser cuestionados sobre sus acciones, declaran que simplemente hicieron lo que sentían que debían hacer.  Son gente que practica las virtudes de Seligman, y que en un acto de valor y arrojo inusuales, ponen su vida en riesgo, (o en algunos casos su prestigio social) en un genuino sacrificio para ayudar a los demás o para defender y preservar un ideal más grande que ellos mismos.

Son los topos que envió México a Haití. Es el hombre anónimo que detuvo, él solo, durante unos instantes, a decenas de tanques encargados de matar a los asistentes de la plaza de Tiananmen en 1989 (ver foto. No se sabe su nombre… solo se le conoce por el mote “tank man”). Es el soldado que actúa en defensa de las libertades genuinas de la gente, el buen policía que persigue a un ladrón a pesar del irrisorio sueldo que recibe. Son los bomberos y rescatistas del 9/11… Son las madres que soportan el dolor del parto para dar a luz a sus hijos, son los padres que sacrifican libertad, tiempo e ingreso para proteger y educar a sus hijos. Son los médicos que salvan vidas o los abogados que toman casos pro-bono para defender al que no tiene recursos económicos.  Son los maestros que se entregan a su profesión para formar a las generaciones del futuro. Es el esposo que se pone en el camino de una bala para salvar a sus hijos o a su esposa… Es la expresión más honesta de todo lo grande y extraordinarios que podemos ser cada uno de nosotros.  La gente que lucha contra los pequeños y grandes males haciendo uso de algo que es común a todos: nuestros principios. Nuestra humanidad.

El tema es relevante porque, dicho con toda sinceridad, si un día de estos nos despertamos quejándonos de mil cosas que no nos gustan sobre los conocidos, la sociedad, el mundo, seguramente es porque tampoco hemos hecho gran cosa para cambiar de manera individual. Y es una lástima y un desperdicio.

Todos podemos ser héroes.  Tal vez no un héroe mítico o de película, pero héroe al fin. Piénsenlo.

Yo me marcho. Este artículo ya es demasiado grande de por si… Pero les dejo las palabras de otro psicólogo eminente, Phillip Zimbardo, de su libro “El Efecto Lucifer”:

“Heroism focuses o what is right in human nature.  We care about heroic stories because they serve as powerful reminders that people are capable of resisting evil, of not living to temptations, or rising above the mediocrity, and of heeding the call to action and to service when others fail to act.”

Ya seguiremos con este tema después.

Tengan un provechoso día.

J.C.

https://www.facebook.com/pages/Jorge-Cantero/200213646747015

Y ahora… ¿A dónde nos lleva esto?… (ciclos que se cierran, opciones que se abren)

Escribir, al menos para mí, siempre es un asunto personal.  La línea entre mis experiencias y las palabras, muy delgada, tanto, que a veces dejo ver mucho de cómo me relaciono con el mundo y los sentimientos que resultan de ese vínculo. Afortunadamente esto no es terapia, y ustedes no son pacientes… Aquí no es el lugar donde debo poner frente a mi una pantalla que refleja, y solo eso.

Hoy quiero hablarles de los ciclos, por supuesto, porque uno para mí termina y otro empieza. Por fin, después de incertidumbres, demoras, conflictos y si, alegrías y satisfacciones, estamos instalados en nuestro nuevo hogar, y también mi nuevo consultorio se encuentra perfectamente operativo. Estas palabras son las primeras que escribo en el que será, de ahora en adelante, mi estudio, y con las copas de los árboles detrás de mi, y la luz del sol (que tanto extrañaba) cobijándome como una suave manta sobre mis hombros, por fin respiro con calma. Fueron días complejos, que pensaba que nunca iban a terminar. Habría hecho bien en recordar la historia del anillo de Salomón: “Esto también pasará”… Si lo hubiera hecho, tal vez, habría mantenido más calma, me habría aferrado menos, y habría disfrutado más todo el proceso de acabar y empezar de nuevo. De todos modos, habría llegado hasta aquí, pues lo mismo ocurre con todo ciclo: nada dura para siempre y todo lo que empieza debe acabar. ¿Para qué? Para que empiece otra cosa. Tan simple como eso.

Verán, hay un tiempo para todo. Momentos más o menos favorables, y periodos que, por más que deseemos lo contrario, simplemente no son fértiles. El verdadero arte está en saber distinguir unos de otros; cuándo invertir energía y esfuerzo en sostener las cosas, y cuándo hay que dejar ir y detenernos, para que todo siga su curso, por si mismo. El asunto es que, al querer constantemente  que las cosas “salgan bien” – es decir, de acuerdo a nuestras expectativas o deseos –, solemos aferrarnos, apretar fuerte, bajo la creencia de que conservar las cosas que amamos, los lugares, a las personas, hasta los momentos, está directamente relacionado con el tesón que invertimos en sujetarlos. Grave error: cuando algo se acaba no nos pregunta si estamos listos o no, simplemente lo hace y ya. Así de pequeños somos…

Y también así de grandes somos, si nos aferramos, más bien, a nuestra humildad y a nuestra valentía. Si hacemos alto, respiramos hondo, y empezamos de nuevo. Claro que da miedo hacerlo, porque pensamos que detrás de todo ello hay incertidumbre, cuando en realidad no la hay… las cosas pasan por algo, y casi siempre es por mejor – no es mística; es pura causa y efecto, pura física Newtoniana –, y porque el esfuerzo de la adaptación duele, como todo empuje, como cada iniciación.  Debemos recordar, por el contrario, que con cada momento que acaba, aparece también una oportunidad. Que estamos insertados en una dinámica constante de ganancia y perdida que es, justamente, la que mantiene las cosas en orden. Si algo se va es para dar espacio y lugar a que otra se manifieste. La pregunta es ¿tenemos la voluntad de aprovechar ese momento? ¿De hacer a un lado nuestro ego, nuestro apego, y montar la ola? ¿Dejarnos llevar por ella, y si, además aprovechar su altura, su energía, su inercia? Si la respuesta es si, vamos de ganancia. La inversión de nuestra energía y esfuerzo encontrará recompensa. Si la respuesta es no y más bien preferimos prendernos del pasado, a lo que era y ya no es, a lo que creíamos tener y ya no tenemos, nos espera el pesar y el dolor. Luchar contra un muro de concreto duro y resistente que, simplemente, no se va a mover.

Muchos tienden a suponer que son “débiles”, “fracasados”, “cobardes”, o peor aun “perdedores”, si se limitan a suspirar y dejar ir lo que no pueden controlar, si dejan de luchar ante un ciclo poco fértil, cuando es absolutamente al contrario: hay una fortaleza, un carácter, que efectivamente solo puede ser medido en la entrega y el combate. Hay otro, sin embargo, que solo se encuentra en la espera y la paciencia. Nadie ha dicho aquí que ante un momento poco propicio la alternativa es rendirse, conformarse. Rendirse nunca es una opción… cambiar de plan, buscar nuevas alternativas, dejar que ciertas puertas se cierren y esperar a que las siguientes se abran, no tiene nada de rendición, sino de sabiduría.

Estamos en transición, queridos lectores. Ustedes y yo. Ningún momento es definitivo, ninguna meta final. Esto es un viaje, y en los viajes visitamos diferentes lugares. La única forma de apreciarlos todos es poniendo atención, y luego dejando atrás lo visto para poder atender y admirar lo que sigue. Honremos los momentos que pasan, respetemos la caída, fluyamos más, resistámonos menos. Lo que verdaderamente nos vuelve poderosos no es la oposición al cambio, sino la adaptación a él.

Haríamos bien en ser curiosos. En recibir cada nuevo momento con un “bien, veamos a dónde nos lleva esto”.

Y ahí estoy yo… Viendo a donde nos lleva esto. Creo que será a un lugar mejor. Es más, creo que ya estoy en un lugar mejor. El secreto es procurar recordar esto: para disfrutar lo que tienes, primero tienes que dejar ir lo que querías tener…

Buen viaje a todos. Nos vemos pronto.

JC

¿Qué ganas culpando al otro?…

Nada. Eso es exactamente lo que ganas.

Hace un rato estaba revisando el post que subí hace unos días, acerca de cómo las parejas deberían discutir para crecer, y me quedé pensando que faltó algo por añadir, algo importante, en la línea de la responsabilidad y el respeto, así que vale la pena decirlo…

 

Cuando vienen las discusiones, regularmente también aparecen los reclamos. Muchos son similares a “pero es que tu olvidaste hacer lo que te pedí”, “tu eres la que me hace enojar”, “¡tienes un carácter del demonio!”, “yo te contesto así porque tu me hablas mal”, pero hay mil variedades más. Reprimendas que solo sirven para hacerle saber a la persona que está frente a nosotros — que coincide con ser aquella que amamos, y, desde luego, también nos ama —  que estamos inconformes, y más aun, que le culpamos por nuestro comportamiento y sentimientos. En una afirmación clara que parece decir, “tu eres responsable de mi estado de ánimo, mis palabras, y mis acciones”, zanjamos el asunto, y  dejamos al otro que trabaje solo para arreglar el problema en cuestión. Nosotros nos lavamos las manos.

En justicia, debemos reconocer que es fundamental expresar a nuestra pareja cómo nos sentimos cuando estamos enojados, o inconformes, sin embargo esto solo debería pasar cuando nosotros mismos, primero, hemos trabajado en nuestras fallas o errores, y en las posibles acciones, por más inconscientes que sean, que pudieron haber llevado a nuestra pareja a molestarse con nosotros en primer lugar, o a que hiciera cosas que, en nuestro parecer muy personal — que habría que recordar, no todos tienen por qué compartirlo –, no son válidas. Es decir, primero deberíamos hacernos responsables por nuestra persona, y solo después de haberlo hecho, indicar al otro lo que deseamos, o esperamos.

La óptica es absolutamente diferente. En el reclamo rápido, sin reflexión, esperamos que el otro cambie para que, solo después, nosotros lo hagamos.  En cambio, en esta alternativa que les planteo, se propone una inversión en los papeles: hacerme cargo yo, de lo mio, mientras tu te haces cargo de lo tuyo — solo funciona si los dos actúan con el mismo nivel de responsabilidad. De lo contrario, es uno solo el que termina cediendo, cambiando, y por ende, cargando con la relación, cosa que a la larga va a cansarlo, y desde luego, no sirve para nada –. La idea es dejar de esperar a que tu te transformes en lo que conviene a mis intereses, y más bien yo encargarme de suavizar mi postura, pensando más bien que muy probablemente yo también estoy contribuyendo a la discusión. Que yo también debo haber hecho cosas que molestan, y por ende, tengo el deber de atender.

Debemos recordar que la pareja está compuesta por dos miembros de un mismo equipo, y que todo aquello que afecte a uno, afectará instantáneamente al otro. Tener razón no sirve para nada, pues deja al otro derrotado, y como derivado automático, a nosotros también. Además, si yo me hago cargo de lo mío, antes de esperar que tu cambies para entonces hacerlo, estoy actuando con amor, cuidándote antes a ti que a mi; viendo antes por tu beneficio que por el mío. Esto solo es posible cuando el amor es maduro, cuando hemos logrado trascender, aunque sea un poco, nuestro ego, y cuando recordamos que todo lo que damos, es lo mismo que obtenemos. Todo lo que depositamos allá afuera, es lo mismo que regresa a nosotros. Imaginen, si todos en este mundo estamos conectados de algún modo, cuánto más lo estamos a la persona que amamos, y con la que hemos decidido compartir nuestra vida.

En fin, creo que conviene intentarlo.

¡Buena semana!

J.C.