Las Cuatro “Reglas” de la Naturaleza

La filosofía y la psicología usualmente se encuentran en un lugar común. Me inclino a creer — y no sé si hacerlo sea un atrevimiento — que todo psicólogo clínico debería tener un poco de filósofo. Probablemente lo juzgo así por experiencia propia. Aquellos que me conocen bien saben que yo hago mi mejor esfuerzo por actuar y pensar como filósofo. Sea como sea, conforme pasa el tiempo, más pacientes atiendo, más profundizo en el psicoanálisis — en teoría y práctica —, más libros leo, y más lo reflexiono, caigo en cuenta de que la filosofía, la espiritualidad, y la psicología, se llevan muy bien. Los une un vínculo indisoluble, por decirlo así.

En mis intervenciones clínicas soy muy racional, y trato de ser lo más lógico que puedo en mis argumentaciones y pensamientos. Al final soy y siempre seré psicoanalista y científico. Pero mentiría si no acepto que ciertos temas que podrían ser catalogados en el tema de lo espiritual y lo misterioso no se dan una vuelta frecuente por aquí, por el consultorio, y se entrometen entre el paciente y yo. Temas, que sobra decir, no suelen tener una respuesta muy “racional” que digamos y en cambio si terminan siendo de suma trascendencia. Suelen aparecer con una sola afirmación, que también a veces se formula como pregunta, de donde se desgrana toda una serie infinita de posibilidades y explicaciones para casi todo: “las cosas pasan por algo”.
Las cosas pasan por algo…

No tengo idea de si las-cosas-pasan-por-algo… pero últimamente si empiezo a tener la certeza de que todo se acomoda para mejor — según mi mejor amigo, ambas frases son sinónimas; yo aun no estoy de acuerdo —. ¿Tengo pruebas? Por supuesto que no, pero eso tampoco me preocupa demasiado. Como sea, me estoy alejando del tema.
El punto al que quiero llegar es que hay momentos, en toda terapia, en que los pacientes, y a veces el mismo terapeuta, se hacen preguntas que salen del marco de la psicología y la ciencia y se adentran más en el terreno de lo filosófico. ¿Por qué pasan cosas malas a la gente buena? ¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Qué tengo que hacer para sentir satisfacción? ¿Qué es bueno, qué es malo?… Y muchas, muchas más. Examinar la biografía personal, las etapas del desarrollo psicosexual, buscar puntos de fijación y traumas, ofrecen buenas respuestas… pero NO para esas preguntas. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo abordarlas? Ahí, justamente, es donde hay que echar mano de la filosofía… y en verdad creo que es una necesidad.

Todos los que estamos en este “negocio” sabemos que no existen los caminos fáciles, y que ante la pregunta del paciente “¿y eso cómo lo logro?”, como lo he dicho otras veces, en ocasiones la única respuesta posible es “teniendo paciencia y siguiendo con tu terapia”. Sin embargo… si me viera forzado, así sin mayor opción, a escribir un manual de instrucciones, un librito de cabecera en el que explicara cuál es el modo, a mi juicio, de lograr vivir una vida de satisfacción y en paz; un método A-B-C casi ideal para librarse de la neurosis, lo que diría se resumiría casi por completo a esta frase:

Obedece las cuatro reglas de la naturaleza (y si… efectivamente la respuesta ES filosófica, no psicológica). Así de plano, y así de simple.
(Antes de seguir debo decirles algo: estas reglas NO se me ocurrieron a mi. Las he compuesto resumiendo varios textos y autores que he leído desde hace muchos años. Espirituales, filosóficos y psicológicos por igual. Lo único que he hecho es buscar los puntos de acuerdo entre los diferentes autores, obteniendo como resultado este listado jerárquico de máximas. ¿Por qué les llamo reglas? Pues porque al parecer, funcionan igual que la ley de la gravedad: está ahí y opera, sin importar si la entendemos o no… Como esa, hay muchas otras que aun faltan por descubrir y enunciar).

A mi juicio, las reglas que la naturaleza, por decirlo así, espera que sigamos, son:

  1. Somos absolutamente vulnerables.
  2. En toda elección hay un intercambio
  3. Todo está siempre en equilibrio.
  4. Cualquier cosa que elijas o que hagas, produce consecuencias.

Voy a detallarlo, esperando no enredarme demasiado…

Somos absolutamente vulnerables, porque en realidad TODO lo perdemos, más tarde o temprano. Hasta la misma vida. No hay manera de retener a las personas o las cosas que tenemos o que están a nuestro lado, solo podemos gozarlas mientras están con nosotros. Aceptar nuestra absoluta vulnerabilidad no nos vuelve débiles… por el contrario, nos vuelve inmensamente poderosos porque nos ayuda a perder el miedo. Si todo lo vamos a perder, y lo aceptamos como tal, no hay nada que temer. Ni a la muerte misma.

En toda elección hay un intercambio, puesto que no podemos tener todo lo que deseamos en un mismo momento. En el punto en el que elegimos algo, lo que sea, debemos dejar otra cosa. Es la naturaleza misma de la elección. No podemos estar en dos lugares al mismo tiempo. No podemos hacer dos cosas a la vez. Si de nuestro 100% de tiempo disponemos de el 50 para trabajar y el 20 para dormir, solo nos queda 30 para hacer el resto de las cosas; no podemos producir más tiempo… Decidir no es otra cosa que intercambiar…

Todo está siempre en equilibrio, porque al mismísimo estilo del yin-yang, siempre que se pierde algo, se gana algo, y siempre que se gana algo, se pierde algo. Es inescapable. Cualquier pérdida siempre trae una ganancia a la vuelta de la esquina. Después del anochecer, sigue el amanecer. No se puede conocer al bien sin el mal. No se puede conocer la belleza sin la fealdad, al amor sin el desamor, o al placer sin el dolor. Si hoy experimentas un gran dolor a causa de una enorme pérdida, recuerda que más tarde o temprano, ganarás algo grande también — aunque seguramente no será lo que esperas –.

Cualquier cosa que elijas o que hagas, produce consecuencias, porque nuestras acciones son como una piedra que cae a un lago. Al hacerlo produce ondas… y esas se mueven inexorablemente hasta alcanzar su destino. Una mentira produce consecuencias en tu vida, del mismo modo que lo hace un acto de servicio desinteresado. Es la ley del karma — más como lo entiende el Zen; honestamente, yo tampoco creo en la reencarnación –, o dicho de otro modo, la 2a ley de Newton: a toda acción corresponde una reacción, de igual intensidad y en sentido inverso…

Por supuesto, no pretendo ser simplista. Y cuando dije que esto era como una especie de manual de instrucciones, estaba bromeando. Sin embargo, SI creo fielmente que seguir estas reglas — que como he dicho, operan a nuestro alrededor, así nos demos cuenta o no — con aceptación incondicional, respeto y responsabilidad, garantiza en gran medida que experimentemos paz y tranquilidad en el aquí y ahora. No es “bulletproof”, digamos. No es un método a prueba de fallas. De hecho creo que la única forma de descubrirlas y terminar por aceptarlas es fallando justamente… Pero si me da la impresión de que a veces deberíamos tratar de luchar un mucho menos contra la naturaleza, y simplemente tratar de fluir… en alineación con nuestros principios y nuestra consistencia interna…

Y que conste esto con toda claridad: por fluir y dejar de luchar contra la naturaleza no me refiero en ningún momento a dejar de luchar contra la adversidad o de batallar día a día por nuestros sueños o por crecer y evolucionar — lo que Paulo Coehlo llama, en su extraordinario “Manual del Guerrero de la Luz”, el buen combate –. Lo veo más bien como lo hacía Shoma Morita (psicoterapeuta japonés): cuando es invierno, hace frío. Es lógico. No puede ser de otro modo. ¿Para qué obstinarte por salir en bermudas a la calle mientras está nevando? No importa si quieres que haga calor… Si hace frío, mejor cúbrete con una buena chamarra.

A todos nos toca perder, y aun si hemos sido muy afortunados, un día moriremos. No puede ser de otro modo. El verdadero valor no se encuentra en la necedad de querer que todos sea siempre como queremos, sino en la sabiduría de la paciencia, de la constancia, de la renuncia, la aceptación; del caer y sobre todo, del aprender a levantarnos, con la cabeza levantada, el cuerpo erguido, y dispuestos a una batalla más, abiertos y optimistas.

¿Fácil? Claro que no. Pero como he insistido muchas otras veces… ¿cuándo rayos les he dicho que vivir sea fácil?
Como siempre, un abrazo.
J.C.

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2 thoughts on “Las Cuatro “Reglas” de la Naturaleza

  1. Estoy de acuerdo contigo, en cuanto a las 4 reglas de la naturaleza, pero ni soy psicóloga ni psicoanalista… He llegado hasta ahí por otra vía, menos ortodoxa, pero mucho más antigua.

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