Compasión en un escenario común

Hoy voy a referirles algo curioso que acaba de ocurrirme en la calle. Es algo mundano, cotidiano, y creo que justamente esas cualidades son las que lo vuelven interesante.

Este día me tocaba ir al banco, y seamos honestos, ¿a quién le gusta ir a ese lugar? Vamos, a menos que sea a cobrar la lotería, casi todos preferimos evitarnos las colas y las esperas – además, para eso está la banca electrónica, dirán algunos, ¿no?, pero en fin, que a veces no se puede evitar –, y yo soy uno más de esos. Es por eso que siempre cargo un libro conmigo, para leer mientras espero y no aburrirme, cosa que desgraciadamente me ocurre con facilidad. En fin, que ahí estaba yo, formado detrás de seis personas, mientras a mi espalda rápidamente se iban reuniendo muchas más. Al final, cuando solo quedaba alguien delante de mi – una chica joven, vestida de azul–ya había cerca de quince clientes en la cola. En eso, entró una mujer un poco más mayor, cojeando. Francamente, no la vi; me acuso. Estaba con los ojos clavados en las páginas, y se me pasó por alto. En seguida, y solo entonces reparé en ella, la chica que estaba delante de mí le dice “pasa primero tu”. Levanté entonces la vista, la miré, caminando con dificultad, claramente adolorida, y solo después noté los moretones. Se ve que le dolía andar, y aunque especular sirve para muy poco, estoy seguro de que estuvo en un accidente.

Primero ladee la cabeza, gesto clásico en el reino animal, cuyo significado simple conocemos todos: trataba de entender. Espera un segundo, me dije. ¿Acaba de cederle su lugar a una desconocida? ¿Pero y los que llevamos un rato esperando? – segunda cosa de la que me acuso: prejuicio de indignación injustificada, llamémosle –. Conforme observé mejor, reparé en lo que les he dicho, la cojera y los moretones, así que de inmediato me relajé, e incluso me avergoncé un poco por mi inconformidad inicial. Luego pensé otra cosa, ¿y el resto de la cola? Me volví y noté que los quince, y ni uno menos, fruncían el seño. Por supuesto, estaban en desacuerdo. Casi cualquiera lo estaría, ¿verdad?

Aproximadamente un minuto después pasó la chica que estaba frente a mí, y tras treinta segundos más, cuando ésta se marchaba, yo. Antes de desocupar la caja, la mujer a la que había cedido el lugar volvió a darle las gracias. “No te preocupes”, respondió la otra. “Yo sé lo que es estar convaleciente”, y acto seguido, se fue. Haciendo un cálculo rápido, yo diría que pasé unos veinte minutos totales en el banco, de los cuales el lugar cedido solo aportó menos de cincuenta segundos. No me quitó nada, absolutamente nada, y eso es absolutamente evidente. Abramos el debate, pues, aunque a mi la cosa me parezca bastante simple. ¿Estuvo bien la acción de la chica de azul? ¿Debió, más bien, haber considerado al resto de la gente haciendo cola, que tenían derecho evidente de pasar antes que la mujer a la que cedió su lugar? Unos dirán que si, otros que no. Yo, por mi parte, creo que si.

Aristóteles pensaba que la verdadera sabiduría es tomar la decisión indicada en el momento indicado, en la magnitud indicada, en el curso indicado, hacia la persona indicada… Que la circunstancia lo cambia todo, y que no es lo mismo el ejemplo (A) aplicado en la circunstancia (B), que en la (C) o la (Z). Todo depende del momento y lo que ocurre a nuestro alrededor. La chica de azul podría haber optado por el respeto a la gente que esperaba formada, pero prefirió hacerlo por la compasión. Y es que, efectivamente, de todos los que estábamos ahí, ninguno parecíamos enfermos, en cambio la mujer si que se veía abatida.

La cuestión es que no se puede ser compasivo sin ser, además, humilde. Y en esta época esa cualidad se da poco. Somos todos – me incluyo – excesivamente individualistas, siempre pensando en nuestro beneficio y en la forma en la que las cosas que ocurren a nuestro alrededor nos perjudican, estorban, o en dado caso, la forma en cómo podemos sacarles provecho personal. Nos pasamos la mitad del día con la guardia levantada, esperando la agresión inminente, y el resto del tiempo, simplemente no damos crédito a las cosas buenas que nos ocurren, optando por la suspicacia o la incredulidad. Ya no digamos darle una interpretación diferente, positiva, al evento que acabo de contarles… Para ser humildes tenemos que ser capaces de hacer nuestras preferencias momentáneamente a un lado, y pensar especialmente dos cosas (1) que todos somos iguales, (2) que todos, todos, estamos relacionados los unos con los otros, y que lo que hacemos, o no, afecta a los demás. Es por eso que siempre deberíamos estar ocupados de ser concientes de nuestras acciones, y que éstas sean lo más justas y bondadosas posibles, aunque ello implique, ocasionalmente, ceder nuestro lugar en la cola del banco, y más aun, alguna posición aparentemente privilegiada, en cualquier otra circunstancia. Después de todo, ¿qué es exactamente lo que nos ha llevado a creer que somos tan importantes en la vida?

“Yo sé lo que es estar convaleciente”. Las palabras siguen dándome vueltas en la cabeza. ¿Saben por qué? Porque le realidad es que haber vivido el dolor en carne propia no debería ser requisito para distinguirlo en los otros, y mucho menos para tratar de aliviarlo. A veces viene bien, como en este caso, pero si de verdad queremos llegar a vivir en un mundo seguro, sano, tranquilo, y sobre todo, feliz.. todos nosotros, convendría ser un poco más compasivos. Diez y seis personas en una fila de banco, francamente, podemos esperar. ¿Y ustedes?

JC

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