En Defensa del Héroe (parte 1)

(Antes que nada: Este artículo es apenas el primero de varios sobre el tema que iré publicando a lo largo del tiempo).

El último capítulo de un libro que autopubliqué hace algún tiempo (y que espero, algún día vea la luz de nuevo), “La vida en principios”, está dedicado a la trascendencia. En las dos o tres páginas finales de ese capítulo, sin darme cuenta de lo que hacía, empecé a escribir sobre la heroicidad; sobre algunas de las cosas que vuelven a una persona común y corriente un “héroe”.  El libro aborda un modelo personal en el que planteo que al asentar la vida en principios, en un sólido código de conducta ético, se puede lograr la satisfacción y en última instancia una vida con propósito y felicidad (ambicioso, ya lo sé…).  Por supuesto, cuando comencé el proyecto la heroicidad no figuraba en él, ni por asomo de casualidad, y sin embargo, accidentalmente, dejándome llevar por el vaivén de la escritura, llegue hasta ahí.  Fueron apenas 3 páginas, pero a partir de ese momento el asunto ha estado dándome vueltas y vueltas en la cabeza.  Tanto, que mucho de mi siguiente libro tendrá que ver con ello (pero de eso ya hablaremos mucho en otro momento).  Hoy, quiero compartirles un poco de toda esa reflexión.

No tengo plena conciencia de cuándo empezó a interesarme el tema de los héroes, pero sé que fue pronto.  Sé que el primer recuerdo de mi vida involucra a mi hermano y a mi madre, una pequeña televisión B/N que tenía en su habitación… y al mítico personaje que en ella aparecía, columpiándose por los rascacielos de NY: el Hombre-Araña (cosa que nada sorprenderá a mis queridos amigos que conocen mi afición por el comic de aquel extraño super-héroe).  ¿Qué tendría? ¿3 o 4 años? Probablemente.  Y lo cierto es que no me tomo a broma este primer recuerdo, ni su relación con la heroicidad, porque tiene mucho de simbólico.  En él aparecen mi hermano (de quien aprendí el significado y el valor del honor), mi madre (de quien aprendí su código de ética y conducta), y mi héroe personal de la infancia (ese que sacrifica su vida a diario bajo la consigna de que con “gran poder viene gran responsabilidad”).

Probablemente a muchos de ustedes no les interesan los comics. Ni el Hombre-Araña. Pero seguro que les interesan los héroes, y la conducta heroica, y la eterna lucha del bien contra el mal. Por supuesto que si. ¿Cómo lo sé? Fácil. Las novelas que más se venden son las que involucran a personajes extraordinarios (y no necesariamente porque tengan muchas virtudes), que luchan contra la injusticia, la opresión o ya de plano el mal en alguna de sus manifestaciones (El Código DaVinci, El Poeta, El Psicoanalista, La Torre Oscura),  las películas más taquilleras son las épicas/míticas que involucran batallas por los grandes ideales (Star Wars, El Señor de los Anillos, Las Crónicas de Narnia, las dos o tres de super héroes que nos presentan cada año, Star Trek), y en la TV. lo que más nos llama la atención son las series con personajes abnegados, sacrificados, que en el cumplimiento de su deber, salvan a pocos, a muchos, ¡o hasta al mundo! (Héroes, Lost, La Ley y el Orden, las mil-y-un-versiones de CSI, ER, etc.).  La figura del héroe, lo queramos o no, está presente, y nos encanta.

En realidad, como bien se dio cuenta Joseph Campbell (escritor del célebre “El Héroe de las Mil Caras”), la fascinación humana por ellos es antiquísima.  Las grandes similitudes entre los héroes griegos (Aquiles, Héctor, Odiseo, Jasón, Hércules) y los héroes modernos, en cualquier medio que se nos presenten, no son casualidad. Son la manifestación de ocultos pero eficientes engranajes en nuestro inconsciente que nos llevan a admirar, y fascinarnos, ante las historias de las grandes personas que han logrado cambiar el orden de las cosas como lo conocemos, pero más aún, que con grandes sacrificios a su integridad, o incluso su vida, nos mantienen a salvo.

Pero creo que hay algo más importante para nosotros en el presente; mucho más relevante, y no tanto desde el análisis literario, sino en la problemática del día a día:  La presencia del héroe real, de carne y hueso, y la necesidad urgente que tenemos de buscar y encontrar esa capacidad dentro de cada uno de nosotros… ¿Y por qué le llamo necesidad-urgente? Pues verán, porque me parece que bien podría ser el remedio para muchos de los supuestos males que aquejan a nuestra sociedad moderna, y más que eso, a cada uno de nosotros como individuos.

Martin Seligman, quien durante algún tiempo fue director de la famosísima APA (Asociación Psicológica Americana), y creador del concepto de “optimismo aprendido” originó hace algunos años lo que ahora conocemos en el medio como “Psicología Positiva”. Grosso modo, la propuesta de Seligman y colaboradores es que debemos poner mayor enfoque en las fortalezas humanas y no tanto en la patología (ojo: poner-más-atención, no olvidarla… en el fondo los psicoterapeutas debemos seguir siendo clínicos).  Como resultado, después de numerosas investigaciones, generaron un listado de virtudes universales; es decir, comunes a todas las culturas de la humanidad, y que han estado presentes a lo largo de toda la historia del hombre:

  • Sabiduría y conocimiento
  • Valor (courage, en inglés… me gusta más)
  • Humanidad
  • Justicia
  • Templanza
  • Espiritualidad y Trascendencia

Hermosas, ¿no es así? Y lo mejor es que todos los seres humanos, TODOS, podemos desarrollar y amplificar estas virtudes en nuestra vida. El potencial existe dentro de cada uno de nosotros. La pregunta es, ¿entonces por qué no estamos haciéndolo?… Porque vamos, si estuviéramos haciéndolo, no existirían ladrones, ¿cierto? Ni asesinos, violadores, políticos corruptos, jefes tiránicos, horarios de trabajo y salarios injustos, padres violentos, golpeadores de mujeres, pedófilos, gente holgazana, compañías o individuos fraudulentos, gente mentirosa… etc., etc., etc…

El problema de la maldad me ha ocupado desde hace mucho. Y sobre ese tema si estoy consciente desde cuándo. Los primeros ensayos que escribí al respecto datan de cuando estudiaba la secundaria, hace unos buenos 20 años. Ya entonces me maravillaba, como objeto de estudio, la enorme capacidad humana para hacer el mal, y la facilidad, aun más grande, con la que cada uno de nosotros caemos, accidental o propositivamente, en actos malos.

Si.  Todos. Ustedes y yo.

Oh claro. Yo he mentido. Yo he lastimado a otros. He realizado actos aprovechados, tratado de sacar partido de una situación desventajosa de alguien. He sido egoísta, he sido agresivo. ¿Ustedes no?  Yo creo que si.  La envidia y los celos, como todo psicoanalista sabe, son naturales a la especie humana, y mucha de la maldad del mundo, en realidad, es producto de esos sentimientos básicos que todos, todos, hemos experimentado.  Ahí, justamente, es donde está el quid de la cuestión; el fundamento de este largo artículo… Todos tenemos la capacidad para actuar con maldad, y lo hemos hecho. Pero solo porque podemos ser malos y conocemos la maldad, es que existe la posibilidad de corregir y perfeccionar nuestra naturaleza humana. Por eso el tema de la heroicidad es relevante en esta época, y por eso es que las virtudes de Seligman, son fundamentales para el buen funcionamiento de nuestra sociedad y nuestra humanidad.

El héroe es una persona que usualmente no se llama “héroe” a sí misma.  De hecho, casi todos los que han realizado un verdadero acto heroico, al ser cuestionados sobre sus acciones, declaran que simplemente hicieron lo que sentían que debían hacer.  Son gente que practica las virtudes de Seligman, y que en un acto de valor y arrojo inusuales, ponen su vida en riesgo, (o en algunos casos su prestigio social) en un genuino sacrificio para ayudar a los demás o para defender y preservar un ideal más grande que ellos mismos.

Son los topos que envió México a Haití. Es el hombre anónimo que detuvo, él solo, durante unos instantes, a decenas de tanques encargados de matar a los asistentes de la plaza de Tiananmen en 1989 (ver foto. No se sabe su nombre… solo se le conoce por el mote “tank man”). Es el soldado que actúa en defensa de las libertades genuinas de la gente, el buen policía que persigue a un ladrón a pesar del irrisorio sueldo que recibe. Son los bomberos y rescatistas del 9/11… Son las madres que soportan el dolor del parto para dar a luz a sus hijos, son los padres que sacrifican libertad, tiempo e ingreso para proteger y educar a sus hijos. Son los médicos que salvan vidas o los abogados que toman casos pro-bono para defender al que no tiene recursos económicos.  Son los maestros que se entregan a su profesión para formar a las generaciones del futuro. Es el esposo que se pone en el camino de una bala para salvar a sus hijos o a su esposa… Es la expresión más honesta de todo lo grande y extraordinarios que podemos ser cada uno de nosotros.  La gente que lucha contra los pequeños y grandes males haciendo uso de algo que es común a todos: nuestros principios. Nuestra humanidad.

El tema es relevante porque, dicho con toda sinceridad, si un día de estos nos despertamos quejándonos de mil cosas que no nos gustan sobre los conocidos, la sociedad, el mundo, seguramente es porque tampoco hemos hecho gran cosa para cambiar de manera individual. Y es una lástima y un desperdicio.

Todos podemos ser héroes.  Tal vez no un héroe mítico o de película, pero héroe al fin. Piénsenlo.

Yo me marcho. Este artículo ya es demasiado grande de por si… Pero les dejo las palabras de otro psicólogo eminente, Phillip Zimbardo, de su libro “El Efecto Lucifer”:

“Heroism focuses o what is right in human nature.  We care about heroic stories because they serve as powerful reminders that people are capable of resisting evil, of not living to temptations, or rising above the mediocrity, and of heeding the call to action and to service when others fail to act.”

Ya seguiremos con este tema después.

Tengan un provechoso día.

J.C.

https://www.facebook.com/pages/Jorge-Cantero/200213646747015

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