Devoción y servicio: apología del héroe parte 4

Si estás pasando por el infierno, sigue caminando.

– Winston Churchill

En ocasiones las cosas simplemente no salen bien. Es más, en ocasiones las cosas no solo no salen bien, sino que se van estrepitosamente al mismísimo demonio; así,  de plano y sin aviso, llevándose con la caída mucho, si no todo, lo que hemos construido, y más aun, muchas de nuestras buenas intenciones.  En esos días uno levanta la cabeza, cansado, y hace reclamos absurdos al cielo: “¿por qué?” es el más frecuente. “¿Qué hice para merecer esto?”, es otro que se ve con relativa regularidad. Sea como sea, la cuestión es que pasa, y pasa mucho.  No debemos engañarnos. El mundo no es un lugar naturalmente cómodo, diseñado para satisfacer todas nuestras necesidades y regalarnos, día con día, paz y tranquilidad. Por el contrario, es un lugar sorpresivo, complejo, y muchas veces confuso, en el que encontrar sentido, y navegar, cuesta trabajo y sangre.  No puedo decir que es un lugar malo, porque no lo es. Por el contrario, está lleno de pequeñas y deliciosas satisfacciones para todo aquel que esté dispuesto a cosecharlas… pero de que es un sitio difícil, lo es. Se trata de un lugar que nos somete a constantes desafíos, pero que sobre todo pone a prueba nuestras creencias, que son las que más fácilmente se tambalean cuando no somos fuertes y no hemos dedicado un buen rato a cultivarlas.

Crédito de la imagen: Just never give up, de Joshua Benson.

En verdad es casi imposible no sentirse agotado cuando la gente que amamos muere, cuando la economía se va al traste, cuando enfermamos de algo grave y de difícil solución, cuando extraños que nunca hemos visto antes amenazan nuestra integridad… Cuando somos lastimados en lo más profundo del ser.  La filosofía, sin embargo, parecería tener una solución, y nos la han repetido – yo mismo lo he hecho – decenas de veces en el pasado: “lo importante no es no caer, sino levantarse”. Bien, de acuerdo… es verdad… ¿pero cómo? ¿Cómo levantarse cuando el cuerpo duele, cuando el espíritu llora, y cuando la voluntad está a un centímetro de quebrarse? ¿Basta la constancia? ¿Basta la disciplina? No. No bastan. Es necesario algo más, algo que está en el núcleo de la valentía,  en el eje de la voluntad heroica, y que no se encuentra en otro lado: la devoción. Eso es, ni más ni menos, lo que se requiere de nosotros.

Por definición, de acuerdo a la RAE, devoción significa “1. Amor, veneración y fervor religiosos. 2. Práctica piadosa no obligatoria. 3. Inclinación, afición especial. 4. Costumbre devota, y, en general, costumbre buena”, y proviene del latín devotus, es decir “voto, consagración y dedicación”. La mayor parte de la gente, por razones obvias, relacionamos la devoción con el terreno religioso, con lo sagrado, y es correcto. Aquí, en lo que atañe al héroe, a la conducta valerosa, y a la capacidad de ascender del dolor, el peligro y nuestra propia sensación de catástrofe, lo haremos igual, puesto que lo que estamos buscando, insisto, no es la sola declarativa inconsciente que se lee “debo seguir adelante”, sino la convicción absolutamente férrea, rigurosa,  del compromiso… y sobre todo, del amor. Si esa clase de compromiso no es religioso en el más estricto sentido de la palabra, entonces no sé qué es.

Cuando aparentemente todo se ha perdido, o está por perderse, solo un voto de amor puede salvarnos y empujarnos a continuar. Una genuino ofrecimiento a algo que vale tanto, que simplemente no podemos permitirnos permanecer caídos, en la lona. Algunos dedican su alma al Dios de su elección, otros a la persona querida. El héroe dedica su amor a su causa y al camino del guerrero: a la bondad, a la justicia y al deber… Al servicio.

Aquí es pues donde cierro el círculo,  donde explico de una vez por qué he dedicado tanto tiempo, y tantas palabras, a este tema… por qué tanto habar acerca de la bondad y la integridad…

Porque luchador puede ser cualquiera (y eso está bien. La mayoría de las veces, eso es suficiente). Cualquiera que tenga tesón, voluntad, y claro, constancia, puede seguir adelante. Hasta el enojo y el ego vienen bien a veces para ese fin… O incluso la venganza… Pero solo alguien que está absolutamente comprometido con sus creencias, y que ha pasado su vida dedicado a que esas creencias sean las mejores, corrigiendo su naturaleza humana hasta adquirir la capacidad de hacer su ego a un lado y despreocuparse por la posesión, el éxito, el fracaso, el reconocimiento, el cumplido, o hasta el agradecimiento, adquiere el poder de la devoción, convirtiéndose así en un héroe. En alguien que no se levanta para encontrar solo un beneficio personal, sino que dedica su trabajo a otros, a la protección de esos ideales, y solo hasta entonces siente satisfacción.

La gente quiere la respuesta mágica. La panacea. La ruta clara que les ayude a vencer al miedo, la angustia, el pesar, la duda, la zozobra.  Quieren ser felices. Quieren que el mundo cambie, pasar los días en un lugar mejor. Pues bien, el individualismo no sirve para lograrlo. Lo digo ahora y con toda claridad: no hay respuestas mágicas, o simples. La felicidad exige sacrificio, y trabajo… Eso lo sabemos todos. Creo que no hay motivador o escritor de desarrollo humano que no lo haya dicho ya. Lo que no nos han dicho, o lo han dicho poco, es que el sacrificio implica mucho más que solo exponerse al dolor en un denuedo definitivo: implica hacer la palabra yo completamente a un lado… la palabra quiero completamente a un lado. Olvidarnos de nosotros y ver hacia fuera. Sacrificarnos no es solo esforzarnos, es estar dispuestos a morir – literalmente, morir – por los ideales grandes y dignos que nos hacen bien a todos. Ahí está la clave de la felicidad: en luchar hasta la muerte, en llevar nuestro cuerpo, y nuestra mente, al límite de su capacidad, sea la que sea, y solo hasta entonces, parar, sin importar si se gana o no, si se cae mil veces en el camino, o si nos quedamos en él. El héroe es un luchador, si, y un guerrero… pero sobre todo es un devoto: un devoto a la justicia, a la bondad, a la valentía, y a los demás seres humanos, a los que sirve. No es un señor, no es un rey, no es un poderoso, justamente porque su esencia es servir, y solo por vía de la humildad tal acción es posible.

Así que la próxima vez que caigas, que la vida te abofetee, que pierdas todo lo que amas, y el caos te envuelva, pregúntate qué puedes tu darle al mundo, no por qué éste te ha privado de lo que quieres. Pregúntate cómo puedes servir a los demás. Ese servicio, esa entrega… esa devoción, te lo aseguro, curará tu alma de las heridas que puedas haber sufrido. Ahí está todo el sentido y el propósito que requieres para seguir adelante y luchar, un día más. Solo un día más…

El mundo necesita héroes. ¿Será que podemos hacer lo que la vida, lo que esta vida, lo que este momento, requiere de nosotros?…

Gracias por leer, y por creer. El futuro está por venir.

Un fuerte abrazo,

JC

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