El As del Volante

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Esto es para ti, as del volante, amo de la carretera, caudillo de la velocidad. Pequeño idiota, rebosante de soberbia. Para ti, que te fascina presionar el acelerador a todo lo que da, sin importar el día, o la noche, y que encuentras maravillosamente excitante pegarte como rémora frenética, a ver si a base de insistencia, o simplemente de pésima educación, terminas por hacernos a un lado, triunfante, pues al final lo has conseguido: el camino es para ti, solo para ti, y si, como soberbio idiota que eres, piensas que puedes hacer de él, y con él, lo que quieras.

No dudo de tu pericia como conductor. Dios sabe que yo estoy perfectamente consciente de mi profunda inhabilidad al mando de un ariete sólido de más de una tonelada de peso, en el más liviano de los casos… pero sobre la tuya, genuinamente no tengo duda. Tal vez fuiste a una escuela profesional de manejo y te enseñaron a dar giros al volante como ‘stunt’ de Rápido y Furioso, tal vez posees los genes de Sena o Fitipaldi y eso te vuelve naturalmente piloto experto. Diablos, en una de esas simplemente te fascina correr a toda velocidad y ya, o como me dijeron alguna vez, ese carrazo que traes, ese Audi, o Mercedes, o BMW, trae incluido un permiso para romper todas las normas de velocidad. Tal vez simplemente eres un conductor genial y ya… Sea como sea, ¿Puedo hacerte una pregunta?

¿Que te da derecho de asustarme, pedazo de idiota, a mi y a mi familia? ¿Qué, o quién, te da derecho de acelerar a más de 190 Km/h, rebasarme por la derecha, y meterte frente a mi en la carretera, evadiendo a un trailer y casi rozando la defensa delantera de mi coche? ¿Qué te da derecho de provocarme un sobresalto en el estómago, de dejar sin aliento a mi esposa, que despierta en un respingo, tensa y preocupada, y de hacerme preguntar, en un momento, qué habría pasado si mi cerebro, de forma totalmente autónoma e inconsciente, no hubiera frenado de manera automática al escuchar tu motor, en loca carrera, apenas un segundo, para dejarte pasar entre nosotros, el trailer y yo, evitando apenas algo mucho peor que un mal instante? Dímelo, con toda sinceridad.

Vamos, así, como es: para ser un imbécil tienes todo el derecho del mundo, pero para poner en riesgo mi vida, la de las personas que amo, y la de cientos de otros conductores en el camino, ¿quién o qué te lo ha dado? Probablemente tu vanidad, tus complejos de inferioridad, o simplemente que careces de toda moral.

Como tu, hay demasiados. Esa es la lástima. Que después de ti, y del susto, me encontré no uno, ni dos, sino al menos quince más, en un trayecto más o menos de una hora, igual de insistentes, igual de amantes de la velocidad, tocando el claxon, prendiendo las luces altas, o activando su señal direccional, empeñados en quitar al que se les pusiera delante, con tal hacer cumplir su egoísta voluntad, su maniática arrogancia, y seguramente sonreír para sus adentros, satisfechos consigo mismos. Cómo me gustaría, te lo digo de veras, que cogieras tu coche, ese precioso aparato que probablemente te interesa más que todas estas palabras, y lo llevaras a un gran, gran estacionamiento, y ahí te des vuelo, acelerando a 180, a 200, ¡a 250 km/h si eso te place! hasta estrellarte a toda velocidad con una pared, solito, a ver si eso también de emociona.

Sarcasmo aparte, permíteme zanjar el asunto: tienes derecho de hacer con tu vida lo que te de la gana, incluso perderla, pero a los demás seres humanos con los que convives, te guste o no, déjanos en paz. Y si no eres capaz de convivir en sociedad, obedecer unas pocas reglas sencillas, algunas solo por sentido común, o simplemente no te interesa, puedes largarte. A mi me da lo mismo. Probablemente lo preferiría. Si así te comportas en la carretera, ¿cómo lo harás en el resto de la vida? He dado terapia suficientes años para saber que la falta de principios, y la soberbia, contaminan todo lo que una persona hace. Si… te prefiero lejos, muy lejos. La lástima es que no será así. La soberbia hace otra cosa también: que las personas no solo se nieguen a aprender de sus errores, sino que disfruten de la estupidez.

J. C.

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