Compasión en un escenario común

Hoy voy a referirles algo curioso que acaba de ocurrirme en la calle. Es algo mundano, cotidiano, y creo que justamente esas cualidades son las que lo vuelven interesante.

Este día me tocaba ir al banco, y seamos honestos, ¿a quién le gusta ir a ese lugar? Vamos, a menos que sea a cobrar la lotería, casi todos preferimos evitarnos las colas y las esperas – además, para eso está la banca electrónica, dirán algunos, ¿no?, pero en fin, que a veces no se puede evitar –, y yo soy uno más de esos. Es por eso que siempre cargo un libro conmigo, para leer mientras espero y no aburrirme, cosa que desgraciadamente me ocurre con facilidad. En fin, que ahí estaba yo, formado detrás de seis personas, mientras a mi espalda rápidamente se iban reuniendo muchas más. Al final, cuando solo quedaba alguien delante de mi – una chica joven, vestida de azul–ya había cerca de quince clientes en la cola. En eso, entró una mujer un poco más mayor, cojeando. Francamente, no la vi; me acuso. Estaba con los ojos clavados en las páginas, y se me pasó por alto. En seguida, y solo entonces reparé en ella, la chica que estaba delante de mí le dice “pasa primero tu”. Levanté entonces la vista, la miré, caminando con dificultad, claramente adolorida, y solo después noté los moretones. Se ve que le dolía andar, y aunque especular sirve para muy poco, estoy seguro de que estuvo en un accidente.

Primero ladee la cabeza, gesto clásico en el reino animal, cuyo significado simple conocemos todos: trataba de entender. Espera un segundo, me dije. ¿Acaba de cederle su lugar a una desconocida? ¿Pero y los que llevamos un rato esperando? – segunda cosa de la que me acuso: prejuicio de indignación injustificada, llamémosle –. Conforme observé mejor, reparé en lo que les he dicho, la cojera y los moretones, así que de inmediato me relajé, e incluso me avergoncé un poco por mi inconformidad inicial. Luego pensé otra cosa, ¿y el resto de la cola? Me volví y noté que los quince, y ni uno menos, fruncían el seño. Por supuesto, estaban en desacuerdo. Casi cualquiera lo estaría, ¿verdad?

Aproximadamente un minuto después pasó la chica que estaba frente a mí, y tras treinta segundos más, cuando ésta se marchaba, yo. Antes de desocupar la caja, la mujer a la que había cedido el lugar volvió a darle las gracias. “No te preocupes”, respondió la otra. “Yo sé lo que es estar convaleciente”, y acto seguido, se fue. Haciendo un cálculo rápido, yo diría que pasé unos veinte minutos totales en el banco, de los cuales el lugar cedido solo aportó menos de cincuenta segundos. No me quitó nada, absolutamente nada, y eso es absolutamente evidente. Abramos el debate, pues, aunque a mi la cosa me parezca bastante simple. ¿Estuvo bien la acción de la chica de azul? ¿Debió, más bien, haber considerado al resto de la gente haciendo cola, que tenían derecho evidente de pasar antes que la mujer a la que cedió su lugar? Unos dirán que si, otros que no. Yo, por mi parte, creo que si.

Aristóteles pensaba que la verdadera sabiduría es tomar la decisión indicada en el momento indicado, en la magnitud indicada, en el curso indicado, hacia la persona indicada… Que la circunstancia lo cambia todo, y que no es lo mismo el ejemplo (A) aplicado en la circunstancia (B), que en la (C) o la (Z). Todo depende del momento y lo que ocurre a nuestro alrededor. La chica de azul podría haber optado por el respeto a la gente que esperaba formada, pero prefirió hacerlo por la compasión. Y es que, efectivamente, de todos los que estábamos ahí, ninguno parecíamos enfermos, en cambio la mujer si que se veía abatida.

La cuestión es que no se puede ser compasivo sin ser, además, humilde. Y en esta época esa cualidad se da poco. Somos todos – me incluyo – excesivamente individualistas, siempre pensando en nuestro beneficio y en la forma en la que las cosas que ocurren a nuestro alrededor nos perjudican, estorban, o en dado caso, la forma en cómo podemos sacarles provecho personal. Nos pasamos la mitad del día con la guardia levantada, esperando la agresión inminente, y el resto del tiempo, simplemente no damos crédito a las cosas buenas que nos ocurren, optando por la suspicacia o la incredulidad. Ya no digamos darle una interpretación diferente, positiva, al evento que acabo de contarles… Para ser humildes tenemos que ser capaces de hacer nuestras preferencias momentáneamente a un lado, y pensar especialmente dos cosas (1) que todos somos iguales, (2) que todos, todos, estamos relacionados los unos con los otros, y que lo que hacemos, o no, afecta a los demás. Es por eso que siempre deberíamos estar ocupados de ser concientes de nuestras acciones, y que éstas sean lo más justas y bondadosas posibles, aunque ello implique, ocasionalmente, ceder nuestro lugar en la cola del banco, y más aun, alguna posición aparentemente privilegiada, en cualquier otra circunstancia. Después de todo, ¿qué es exactamente lo que nos ha llevado a creer que somos tan importantes en la vida?

“Yo sé lo que es estar convaleciente”. Las palabras siguen dándome vueltas en la cabeza. ¿Saben por qué? Porque le realidad es que haber vivido el dolor en carne propia no debería ser requisito para distinguirlo en los otros, y mucho menos para tratar de aliviarlo. A veces viene bien, como en este caso, pero si de verdad queremos llegar a vivir en un mundo seguro, sano, tranquilo, y sobre todo, feliz.. todos nosotros, convendría ser un poco más compasivos. Diez y seis personas en una fila de banco, francamente, podemos esperar. ¿Y ustedes?

JC

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En pareja se discute para crecer…

(Nota antes de empezar: Ignoro si se trate del día, que a lo mejor se ha colado por ahí en mi inconsciente después de tantos tweets y actualizaciones de estado de Facebook, o si sea por algunas sesiones de terapia de pareja que he estado teniendo últimamente, pero el caso es que se me ha metido en la cabeza escribir un pequeño artículo acerca de cómo discutir, de la mejor manera posible, con nuestro enamorado o enamorada. Espero que les sea de utilidad. Ah y otra cosa, como siempre, esa manía mía: he escrito usando el designativo masculino. Eso de estar poniendo o y a, él o ella, simplemente no se me da. Prometo, en el futuro, balancear las cosas, y escribir un artículo en forma femenina por cada masculino que componga… creo que eso sería justo y correcto).

Como saben, no me gustan las listas de pasos ni las soluciones simples, desmenuzadas, que nos llevan de la mano y a toda velocidad hacia el destino esperado, sobre todo, porque dudo que sirvan para mucho… A mi lo que me gusta es pensar, y que la gente piense y se esfuerce, por fastidioso que pueda resultar. Así que aunque lo que les propongo a continuación es, efectivamente, un listado, tómenlo de forma orientativa, como una guía sugerida, y muy elemental, de la que pueden echar mano cuando inevitablemente, 14 de febrero o no, las diferencias entre dos emergen, y desgraciadamente, tornan agrias. Toda pareja discute, por mucho que se ame. De hecho, el amor casi nunca es el problema, pero el orgullo, el ego, la confusión mental, y la emoción no regulada, desbordada, si que lo son. Así que antes de empezar, atención: casi toda discusión, o argumento, se detiene con uno y en uno mismo. Lo demás, suele fluir de modo casi automático cuando, lo que corregimos, es la propia conducta, que como ya sabemos, es lo único que podemos controlar:

  1. Se pelea con los enemigos, y tu pareja nunca, nunca es el enemigo. Así que no pelees, para empezar, ni mucho menos, agredas, con la intención de ganar el argumento o tener razón. Tu pareja es tu compañero, tu colega, el otro miembro fundamental del equipo. Sin él, en el largo plazo, tu solo no puedes ganar. Si no estás de acuerdo con el otro, venga, se vale, incluso muchas veces es necesario. Solo recuerda que aquel no tiene mala intención, no parte de la premisa de derrotarte o de hacerte daño, así que al discutir con él hazlo con cuidado, con cariño, y con compasión. La persona que está delante de ti te ama, y tu a él. Por más enojado que estés, considéralo.
  2. Lo importante es el bienestar de la pareja, no el tuyo, y ni siquiera el del otro, de forma individual, así que en la misma línea del punto anterior, mantente atento y consciente de tus emociones. Si estás muy enojado debe de ser porque percibes tu ego herido y quieres ajustar cuentas. Si tu pareja ha dicho algo que te duele, y mucho, trata de entenderlo como un error, una exageración, o un malentendido. Si tratas de curar tu ego, seguramente buscarás tener la razón, y si buscas solo el beneficio del otro, probablemente pases por alto decir algo que si es importante que cambie o reflexione. Intenta, más bien, imaginar un espacio entre ambos, un espacio donde conviven los dos, y que es más importante que ambos, nuevamente, de forma individual. La mejora de ese espacio común, su cultivo y crecimiento, por el bien de ese espacio común en si mismo, los llevará a los dos a sentirse mejor, y ese es el objetivo: que los dos se sientan bien, no solo uno.
  3. Aceptación, respeto y responsabilidad. Siguiendo la propuesta de la Terapia Racional Emotiva de Ellis, antes que nada, y siempre, parte por aceptar incondicionalmente al otro, y no hacerlo solamente cuando se porta o te trata como quieres; luego respétalo, como individuo, como persona, y respeta también su derecho inextinguible de opinar cualquier cosa que desee opinar, incluso si crees que está equivocado; y por último, hazte responsable solo de ti mismo y tus acciones. No intentes cambiarlo, no intentes que actúe de otra manera, ni le eches la culpa de cómo te sientes o cómo estás reaccionando. Todo lo que dices, haces, o sientes, es fundamentalmente tu responsabilidad. Si quieres que el otro modifique su comportamiento, primero cambia tu. Si quieres que el otro te respete, respétalo primero tu, y si quieres que el otro te acepte, acéptalo primero tu.
  4. No grites… por favor. Así tengas el carácter duro, te hayan enseñado que gritar es bueno en tu hogar paterno, o que no tiene nada de malo, o ya de perdida te haga sentir muy fuerte, evítalo a toda costa. Ya te lo he dicho, esa persona que tienes delante te ama, y no hay forma, ni en este mundo o en cualquier otro, de que al gritar no le lastimes. Si estás tan enojado que crees no poder evitar gritar, o agredir, haz una pausa, respira, concéntrate en tu cuerpo, tu estado de ánimo, y pide al otro una pausa para tranquilizarte y hablar con calma y claridad. No te digo que no alces la voz, eso es casi inevitable… Pero hay una diferencia entre ser contundente o recio, y agresivo. Gritar no ayuda a absolutamente nadie, a decir absolutamente nada. Ah y quien habla de gritar también habla de cualquier forma de abuso. Pegarle a la mesa, a la silla, a la puerta, porque en teoría dejas salir el enojo, es terriblemente agresivo, y también lastima… Pegarle al otro es simplemente imperdonable y no puede ser tolerado.
  5. Aprende a escuchar. Si interrumpes habitualmente, no hay forma de comprender la versión del otro… versión que siempre tiene, y siempre es válida. Primero escucha, sin meter tus opiniones, después observa su punto, de forma objetiva, sin evaluarlo, y ya al final, opina, sin tratar de debatirlo. Pregunta si es necesario; no estás obligado a entender a la primera, ni a la segunda, pero eso si, deja de “leerle el pensamiento”. Entiende que no eres telépata, no sabes lo que el otro quiere decir hasta que te lo haya explicado, o se lo hayas preguntado, y haces mal en tratar de interpretarlo sin tener información suficiente.
  6. Evita acumular. Frases como “¡es como la semana pasada!” o “¡siempre haces lo mismo!”, ponen en evidencia que estás en el pasado, no en el presente. No importan las discusiones pasadas. Importa ésta y su solución. Regresa al aquí y ahora…
  7. Mucho antes de discutir, pongan reglas que funcionan a su pareja específica. Pueden ser estas, u otras, lo importante es que sean congruentes con ustedes, y funcionales para el crecimiento de ambos. A algunos les gusta discutir en el momento, a otros, al enfriarse, al día siguiente. ¿Cuál es el mejor enfoque? El que los respeta a ambos. Si a uno le gusta hablar en este instante, y al otro esperar, pongan un límite racional de tiempo: un día tal vez. Debo insistir en lo mismo: no hay condiciones específicas que nadie, externo, pueda darles. Hagan ajustes internos, códigos personalizados, y respétenlos, por mucho que cueste.
  8. Discutan como adultos. No se vayan a dormir peleados, ni se vayan a dormir a otra cama, ni mucho menos a otra casa… En las discusiones no se amenaza al otro con cosas como “si sigues así, ¡terminamos!” o “¡me largo!”. Es inútil, e infantil. Los adultos discuten como adultos, es decir, se adaptan, escuchan, entienden, maduran, y son racionales. Los niños discuten como niños: se ofenden a la menor provocación, son caprichosos, y cuando no obtienen exacta y precisamente lo que quieren, se van “con sus canicas” a jugar a otro lado. Que un niño se comporte como tal, es esperable. Que un adulto se comporte como niño… no tanto.
  9. Y ya por último… se humilde. MUY humilde. Imagínate una bolsa de mano de mujer… Por fuera es de piel negra, y por dentro, el forro es rojo. Ahora, imagina que tu has vivido toda la vida adentro de la bolsa, y tu pareja, afuera. Ninguno de los dos ha visto la realidad del otro y en cambio, para cada uno de ustedes ésta es contundente y obvia. Para uno es roja, para el otro, negra… y ambos tienen razón. De pronto uno dice al otro “la bolsa es negra”. ¿Qué puede contestar el que vive adentro? Solo algo simple: que no es cierto, es roja. Sin humildad, y sin confianza, la discusión terminaría en desastre. Sin la voluntad de uno, o preferentemente de los dos, de agachar la cabeza temporalmente y pensar algo así como “a lo mejor me equivoco y él está viendo algo que yo no… voy a confiar en él”, no hay forma de que estas dos personas puedan ponerse de acuerdo. Recuérdenlo: el otro no es el enemigo, el otro no quiere hacerme daño. Si insiste con que la bolsa es negra, y no roja, debe de ser por algo…

Bien, pues ya me excedí en longitud. Yo los dejo aquí… Recuerden solamente: se ama diario, ¿de acuerdo? Y a todo momento. Si se ama solo cuando viene bien, difícilmente podríamos llamarle “amor”. Por ende, cuando se discute, se discute con amor. Se discute para entendernos. Se discute para construir una mejor relación.

JC

PS. ¿Se les ocurren más puntos para añadir? ¡Me encantaría leerlos!

Qué difícil es poner atención

Qué difícil es estar aquí y ahora.  En cambio, es increíble qué fácilmente la mente se dispersa, se distrae, y se enfoca en el pasado o en el futuro; en lo que se hizo y en lo que no, en lo que se espera y lo que no. Esto es algo que le digo a mis pacientes constantemente, “ten presencia, el presente es donde debes estar”, cuando a menudo yo mismo divago bastante. Es la tendencia natural de la mente, supongo. Y responde a una necesidad biológica, adaptativa: anticipar para evitar malestares futuros, recordar para no cometer errores o infracciones pasadas. Y sin embargo, nos perdemos de tanto cuando nos rendimos a uno u otro…

Esta mañana amanecí de malas. Dormí poco y me sentía muy cansado. Esa sensación de picazón en los ojos, letargo en las reacciones, y neblina en el pensamiento, es de las experiencias que más me molesta en el mundo. Pero el daño estaba hecho: nuestros perros decidieron tener una “amena discusión” a las 5:30 a.m., y después de la faena poca posibilidad de conciliar el sueño quedaba. Sin nada mejor que hacer, mi esposa y yo nos levantamos a desayunar.

Mientras ella confeccionaba unos huevos revueltos con verduras, y yo ponía la cafetera, empecé a percibir cómo el enojo se apoderaba más y más de mí. Un enojo gruñón, quejoso, fastidiado. “Estoy de malas”, le digo, y ella me mira sin decir nada, aunque sus ojos explican todo “no me digas…”. En fin, que saludo a uno de los caninos acariciándolo con el pie, me siento a la mesa, y doy el primer bocado. Entonces ocurre la cosa más interesante…

El sabor me alivia. Comer, en realidad, me gusta. Y esos huevos con verduras que cocina mi esposa, son muy ricos. Es de lo más simple: 4 huevos, dos sin yema, tomate – o jitomate, como decimos aquí –, cebolla, pimiento, y tan tán. Pero eso basta. Es suficiente. Luego doy un sorbo al café, caliente, cremoso, en un punto preciso de amargor y dulzura, y el alivio aumenta. “Espera un segundo”, me recuerdo. “Estás enojado… ¿o no?”. Si, pero ahora lo veo claramente: solo porque quería mantenerme así. Y eso es, exactamente, una de las cosas que hace más difícil el ejercicio de poner atención: la in-voluntad de hacerlo. La negatividad. O dicho de otra manera, nuestra insistencia de permanecer…

La vida está en constante cambio. Nada, absolutamente nada, permanece. No es que no siguiera cansado, en realidad aun me escuecen un poco los ojos, pero la realidad es que el desayuno, el café, la compañía de mi esposa, los perros caminando a pasos rápidos a nuestro alrededor, eran el presente – ahora lo es otra taza de café y las teclas de la computadora –, un agradable presente, el cual yo estaba, consciente y voluntariamente, eligiendo perderme, porque parecía más natural estar enojado. ¿No les parece absurdo? ¿O necio hasta la ridiculez?

Pues así. Poner atención empieza ahí, en la intención de hacerlo. En la decisión de abandonar la permanencia. Fluir es estar, y estar es poner atención a este minuto, a este instante. Todos estamos viviendo la vida, justo ahora. Eso es algo de lo que no vale la pena perdernos (recuérdenme contarles en otra ocasión cómo dejé pasar la única oportunidad que probablemente tenga en mi vida de ver el Delorean de Volver al Futuro…).

O podemos permanecer enojados. Al fin y al cabo, tenemos derecho… ¿no?…

JC

Entrenando en la Inmensidad del Vacío

I don’t train to lose weight or look good. I don’t train to beat anyone or impress anyone. I don’t train for bigger muscles or a six-pack.

I train because I love it. And because it’s my life“.

– Leo Babauta
http://zenhabits.net/train/

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[Breve glosario, antes de empezar: kata– forma. Conjunto de movimientos coordinados y secuenciales que sirven como práctica para la mayoría de las artes marciales tradicionales. Bokken– espada de madera que simula la forma, tamaño y peso de una katana o sable japonés, empleado para entrenamiento. Iaido– arte marcial japonés en el que se aprende el uso de la katana; su desenvaine, corte y envaine. Iaito– espada de entrenamiento semejante a una katana, pero sin filo, hecha de una aleación de aluminio en lugar de acero.]

Es antes del medio día. Eso, al menos, me queda claro. La posición del sol me lo sugiere. No lo sé con precisión porque no llevo reloj; no por ahora. Y si lo llevara, tampoco trataría de verlo. No estoy pensando en lo que pasó en la mañana ni en lo que voy a hacer por la tarde. No estoy pensando en quién me ve y quién no. Tampoco estoy pensando en la calidad de mis movimientos, si son correctos o hay fallas. La realidad es que solo estoy pensando en mi respiración, en la tensión controlada de mis manos y mis brazos, y el movimiento de mi cuerpo, que se desplaza hacia el frente, hacia atrás, hacia los lados, siguiendo el flujo natural de la kata que está creándose, casi por si misma, en ese momento. Subo el bokken, preparándome para hacer un corte vertical al frente, y espero. No sé exactamente qué, pero espero. Tres respiraciones, ligeras, y de pronto el mundo estalla. Con un grito dejo caer la hoja del arma y el trabajo queda finalizado. Viene la calma. Me echo hacia atrás, y con toda la sencillez que puedo, limpio y envaino el bokken, que durante toda esa maniobra se ha convertido en parte de mi ser. En un símbolo de mi alma. Solo entonces, “regreso” a la normalidad y vuelvo a pensar en el tiempo, en el espacio, en lo que está bien y lo que está mal. No obstante, cierro los ojos, vuelvo a poner atención consciente en mi respiración, y poco a poco esa normalidad conocida se va de nuevo. Me pongo en posición, firme, mirando al frente, y desenvaino de nuevo el bokken. Una nueva kata acaba de empezar.

Lo que acabo de contarles es la forma en que tradicionalmente entreno. La descripción de uno de varios instantes que, sumados, formaron parte de mi práctica personal de iaido del día de ayer. No, no asisto a clase. No voy a un dojo, y por lo pronto, no tengo Sensei. No lo hago porque me lo ordenan, porque tengo que hacerlo, porque tengo que cumplir con un horario, o porque tengo necesidad de hacerlo. No quiero agradar o impresionar a nadie, y como dice la cita con la que abro este post, tampoco tengo deseos de competir o demostrar de qué soy capaz. Diablos… Ni siquiera tengo compañeros de entrenamiento. Lo hago, todo, absolutamente solo. Lo hago porque quiero, porque me fascina, porque me hace bien. Y esa es mi única razón. Entrenar me ayuda a fluir. A conectarme con el presente y conmigo mismo. No hay metas, no hay objetivos, no hay “deadlines”, no hay premios o castigos. Si no practico esa mañana no siento culpa, pero si entreno tampoco experimento orgullo arrogante. Tomo las cosas como son, como van, y yo voy con ellas. Pero eso si… Entreno; entreno siempre que puedo. Entreno en casa, entreno en el estacionamiento del consultorio — tengo un iaito justo aquí, enfrente de mi –, entreno en el terreno que solemos visitar los fines de semana. Lo hago constantemente, con disciplina, y se nota. Mi cuerpo, pero sobre todo mi espíritu, lo nota. Porque estoy en calma, estoy tranquilo… Y todo va bien. No, no se trata de decirles “¡Hey! Hagan como yo… ¡Mi ejemplo es el bueno!”. Eso sería fanfarrón. Pero si se trata de explicarles lo que a mi me funciona, esperando tal vez que algo de todo ello también pueda servir para ustedes.

Como sea, el asunto es que, con cierto desconsuelo, cada vez veo más gente que entrena, que hace el ejercicio que sea, del mismo modo que hace todo lo demás: con miedo. Van al gimnasio porque “tienen” que hacerlo. Porque “tienen” que quemar esa grasa, porque “deben” verse bien, porque les “urge” que esa ropa les quede, porque el doctor les dijo que tienen sobrepeso y su salud está en riesgo. Lo hacen porque están preocupados, porque creen que no son suficientemente buenos, y solo lo serán si hacen lo que se espera de ellos, insisto, como todo lo demás (lo mismo con el coche, con la ropa, con el trabajo, con el depa, con los amigos, con el alcohol, etc., etc.). ¿Qué pasaría, piénsenlo bien, si todos, en lugar de estar pensando en las metas que queremos cumplir, y más que eso, en las cosas horribles que queremos evitar, pudiéramos concentrarnos, aunque sea por una hora al día, en hacer las cosas porque si? ¿Porque hacerlas es bueno, y ya? ¿Porque hacerlas me hace feliz, y ya? ¿No seria todo mucho más sencillo? Yo creo que si. Al menos la presión, el estrés, se iría al demonio… Y eso es algo que vale la pena.

Pasamos demasiado tiempo en el pasado, reprochándonos lo que no hicimos y sintiéndonos mal por ello, y demasiado tiempo en el futuro, fijándonos metas y objetivos que, la mayoría de las veces, nunca se logran al 100%, experimentando la angustia y ansiedad de la anticipación, la preparación, el control. Así no se puede tener paz de espíritu, no se puede ser feliz. Hay mucho deber y muy poca consciencia. ¿Que pasaría si, al entrenar — o para el caso, hacer cualquiera de las cosas que usualmente hacemos con regularidad — pudiéramos estar al pendiente de este momento, responzabilizarnos solo de él, no de lo que vino o vendrá, y fundirnos por completo en él? ¿No creen que lo gozarían con mayor plenitud? Y más aun… ¿No creen que lo aprovecharían mejor? Yo creo que si. Eso es lo que me ocurre cuando entreno… Y cuando dibujo, y cuando escribo — como ahora… No sé ni qué hora es –, y cuando platico con mi esposa… Eso es lo que me ocurre cuando me permito estar, plena y totalmente, en el presente… Que de hecho es el único lugar real en donde estamos. El pasado y el futuro no existen. Son estados mentales. ¿Lo habían visto así? Son irreales. Pero si pasamos mucho tiempo ahí, nos perdemos del momento, nos perdemos del presente. Y eso es una lastima.

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No se trata de pasar todo el tiempo en el presente. No creo que se pueda. Tendríamos que deshacernos absolutamente del ego y eso tampoco creo que sea posible. Se trata, más bien, de hacer un intento por meditar todas las acciones que podamos y aceptar todo, todo, lo que está pasando en este momento, nos guste o no, concuerde con lo que esperábamos o no, de manera voluntaria, volviéndonos más hábiles en ese ejercicio con el tiempo y la regularidad de la práctica. Aunque no es fácil. Se trata de tener más presencia y menos expectativa, más actitud y menos miedo. Se trata de fluir. ¿Y qué es fluir? Básicamente, quitar estorbos. Y si, queridos lectores: las metas, muchas veces, estorban más de lo que ayudan. Las expectativas, los deseos rígidos que nos producen malestar o tristeza cuando no se cumplen, estorban. El presente, en cambio, es un vacío enorme donde está ocurriendo, ni más ni menos, todo lo que tiene que estar ocurriendo, incluido mi ser, y mi entrenamiento. No lo que debería, no lo que tendría… No lo que nos asusta que no ocurra… Sino lo que está ocurriendo. Y ya.

Insisto, no es fácil… Tampoco intenten hacerlo todo el tiempo y luego sentirse mal porque no lo lograron a la perfección — eso desafiaría, justamente, el objetivo de la práctica –. Solo recuerden, de vez en cuando, tener mas presencia en el momento, y olvidarse de lo que vino o vendrá. Creo que comprobarán que los resultados son muy satisfactorios, pero sobre todo, que alivian y armonizan la mente. Entrenen así, con la mente y el cuerpo en donde está. Al fin y al cabo, como decía Einstein, el futuro siempre llega… No necesitamos concentrarnos en él… Lo único que hace falta es estar. Realmente estar.

Bonita semana.

JC.

La Fortaleza del Bueno

Vaya que me he pasado un largo rato en el limbo de la escritura… Al menos de la escritura articulista. Esto de escribir libros acapara mucha atención, y aunque lo cierto es que ya llevaba un par de semanas con el deseo manifiesto de regresar al blog, no era la falta de tiempo la que me detenía, sino la de inspiración, o más precisamente, la de tema. Esta tarde, sin embargo, en camino al consultorio, un tweet de un buen amigo terminó por resolver el asunto en un tris, y me dio una buena excusa para volverme a sentar aquí y ver si puedo poner en claro mis ideas, pero sobre todo, intentar contestar la pregunta que mi amigo plantea, en apenas dos lineas, y que curiosamente ha sido para mi fuente de reflexión desde hace bastante.

“¿Por qué la gente asocia la bondad con la debilidad?”. Esa es la pregunta. Y es buena… La ligazón entre ambos suele ser frecuente, pese a que constituye un error garrafal de pensamiento y es fuente obligada de prejuicios absurdos. Incluso, se me ocurren otras asociaciones también bastante regulares: estupidez, ingenuidad, simpleza… En fin, muchas afines. Y al final el tipo bueno es el que la paga; ese que sonríe a la adversidad, que confía en los demás, que ayuda a los que puede, y que invierte su tiempo, su espacio y su trabajo, en buscar el beneficio desinteresado de otros, incluso aunque ni les conozca… La paga porque se le tacha de todo lo que no es: de menso, de teto, de bobo… Y si, de débil, cuando en el fondo probablemente es mucho mas fuerte que todos esos que le atacan o devalúan. Una verdadera lástima.

Pero vayamos por partes. ¿Qué es la bondad? No mentiré si les digo que siempre me ha costado mucho definirla. No obstante, eso si, me es imposible pensar en ella sin remitirme inmediatamente a la justicia. Ese principio, tan fundamental para Platón, que afirma con toda sencillez que hay que dar a todo mundo aquello que merece. Ni más ni menos. Y lo que creo sinceramente, es que todos los seres humanos merecen, a priori, que se considere y respete su valor inherente, de manera incondicional. ¿Cuál es ese valor? Es difícil de decir de manera concreta, sin hacer uso de la metáfora. De acuerdo a Emmanuel Kant, las personas no somos cosas, no somos artículos de uso. Puesto que somos humanos, todos poseemos un valor y dignidad inherente; forma parte de nuestra condición humana. Por ello, no debemos emplearnos los unos a los otros como medios para conseguir fines, sean estos los que sean. La vida del ladrón, por ejemplo, tiene exactamente el mismo valor esencial que la del héroe. Es tan malo hacer sufrir a uno como al otro, puesto que al hacerlo privamos a cada cual de su dignidad. ¿Quiere decir eso que ambos son iguales y se merecen los mismos tratos particulares, en relación a sus actos? Por supuesto que no. ¿Cómo distinguir entonces qué dar a cada quién? Fácilmente. Observando los apetitos y las preferencias del ego; el propio y el de los demás. Es tan simple como eso.

Zenryou: bondad o virtud, en japonés.

Aquí es donde se nos presenta el quid de la cuestión…La conducta de un ladrón no es justa porque atenta contra el bienestar de otra persona en el intento de satisfacer sus propios impulsos. Hacer sufrir al ladrón, con premeditación, tampoco es justo, porque de igual modo atenta contra su bienestar y valor en un intento de satisfacer el ego herido del agredido a través de la revancha (ojo por ojo…). Si tanto él y yo tenemos valor y dignidad inherente, actuar con justicia es mucho más que solo dar a cada quien lo que se merece… Es actuar con bondad. Trascender las preferencias del ego y decidir hacer el bien por el bien mismo, decidiendo respetar el valor humano sin importar si ello me beneficia o no. Efectivamente, definir lo que es justo podrá ser simple, pero conducirse con justicia es otra historia.

Contestemos la pregunta que nos ha traído aquí de una buena vez por todas: ¿Por qué se confunde la bondad con debilidad? Porque aquel que es verdaderamente bueno y obra de esa forma, es capaz de hacer, al menos temporalmente, su ego y sus intereses a un lado, en beneficio de otros, y eso lo pone, necesariamente, en una evidente situación de vulnerabilidad. Es obvio… Si eres capaz de dejar de pensar en ti mismo y en el modo en que actuar bien podría afectarte o lastimarte, quedas en un lugar claro y abierto donde puedes perderlo todo, donde puede que las cosas no salgan como quieres, donde otros pueden abusar de tu buena fe… Y es que para desconfiar, para ser suspicaces, incluso mordaces o, como dicen aquí, “ser bien cabrones” hace falta un poco — y en ocasiones un mucho — de malicia; la antítesis de la bondad. La genuina bondad te vuelve fuerte, porque te vuelve honesto y desinteresado, te vuelve entregado, y si, muchas veces te vuelve valiente, pero el costo es que te vuelve también vulnerable.

Vulnerabilidad no es sinónimo de debilidad. La vulnerabilidad no es otra cosa que una de las características naturales y necesarias de nuestra humanidad: la imposibilidad de evitar perderlo todo, antes o después, así hagamos hasta lo imposible por negarlo. La debilidad, en cambio, es una renuncia mortal a la vitalidad, la energía, y peor aun, a la capacidad de decidir qué hacer y cómo hacerlo. Debilidad es sinónimo de parálisis. Bondad, en cambio, es sinónimo de elección. La elección de actuar, ante todo y contra todo, de forma correcta, de forma justa, aun a pesar de la vulnerabilidad manifiesta que provoca. Aquel que es verdaderamente bondadoso de ninguna manera puede ser débil, porque aquello que lo motiva no puede ser lastimado o vejado, (justamente, digamos, como el ego narcisista del bully que ataca porque en su corazón, se muere de miedo), y en cambio con sus decisiones, siempre activas, siempre con un propósito, dignifica su humanidad.

Llámenme idealista… Pero todos deberíamos intentar ser un poco más buenos… Y preocuparnos mucho menos por aquellos que están, francamente, confundidos… Y que devalúan lo que no entienden porque les estorba…

Acción… con sabiduría

Como se habrán percatado, he estado un poco alejado de la escritura últimamente. Lo lamento. Han sido muchos días saturados y muy poco tiempo para atenderlo todo.  Sin embargo, ya era hora de ponernos a escribir.

En concreto, ha sido un comentario reciente a mi último post, el que me ha hecho salir de tajo del embotamiento y componer estas letras con la mayor velocidad posible. Una especie de corolario, ni más ni menos, a ese mismo artículo, así como también una obligada conexión del tema de la acción con uno de mis posts anteriores sobre la heroicidad.

Para empezar, aquí está, textualmente, el fragmento que más me ha llamado la atención acerca del comentario al que me refiero:

Ligándolo con los temas de los héroes y las lecciones de humildad, que anteriormente has abordado, me surge la pregunta sobre cómo concebías al héroe sin acción, ¿el que lo aguantaba todo?, ¿hubieras sido un héroe al aceptar sin más que el camionero se estacionara a la vuelta de la entrada de tu casa? Entiendo lo de ser responsable de los sentimientos, pero ¿por qué te tenemos que aguantar, tolerar y soportar todo lo que hacen los demás? Si fuera el caso no existirían los héroes. ¿Qué no es el papel de los héroes luchar por el respeto y la justicia mediante la acción?

Y luego acaba diciendo:

Creo que la acción no está peleada con el estoicismo, pero definitivamente sí lo están la heroicidad con el conformismo.

Así que bien… aunque voy a ir por partes, si quiero zanjar el asunto así, de golpe y a rajatabla, aunque al hacerlo peque de radical: la acción por si sola, sin sabiduría, es impulsiva… y puede ser imprudente, absurda o hasta ególatra.

Efectivamente, en ningún momento he querido transmitir la idea de que hay que optar por practicar una filosofía de perenne aguante o – mucho peor – de conformismo ante lo injusto.  En lo absoluto. Hay que privilegiar la acción… y si nunca lo he dicho así de plano, es porque tal vez he obviado que se sobre entiende. ¿Recuerdan cuando hablé de poner atención en el artículo sobre la disciplina? Pues bien… poner atención es un acto. – se trata de un verbo, “poner”, y los verbos, hasta donde sé, son la parte de la oración que expresa acción, condición o estado del sujeto –. O luego, cuando hablé de la necesidad de aceptar las “cuatro reglas” de la naturaleza, ahí también hay un verbo – aceptar, claro –, o cuando me referí a la relación de pareja… recuerdo claramente haber explicado que hay que negociar – verbo –, o ya para acabar con el punto, en el artículo de perder para ganar fui enfático en que “se trabaja todos los días” — ¿verbo? Si, eso me parecía –.  De modo que, como verán, todo el tiempo hemos estado hablando, directa o indirectamente, de actuar, de decidir, de ponernos en movimiento, de elegir rutas, caminos, opciones… es solo que hay, como lo dijimos en el artículo precedente, diferentes tipos de acción; al menos dos, y aunque ambas implican actividad y dinamismo, no se ejercen del mismo modo.

Ahora bien, volviendo al asunto de los comentarios que impulsaron este artículo, una aclaración fundamental: estoy de acuerdo con ellos. Totalmente. Es solo que creo que hay que precisar un par de cosas y nuevamente no quiero caer en la falta de obviar.

La heroicidad no puede estar relacionada con el conformismo, es verdad. De ningún modo. Son, de hecho, naturalmente excluyentes, dado que el héroe es aquel que sacrifica su bienestar, a veces su integridad física, salud, o hasta su vida, en pos de otros.  No, no puedo, ni nadie debería, concebir al héroe sin acción. El papel de los héroes, efectivamente, es luchar por el respeto y la justicia mediante la acción.  He sido arte-marcialista casi desde que tengo uso de razón, ya lo he dicho, y creo absolutamente en los principios del guerrero como código de conducta. Sería un hipócrita arbitrario si proclamara que la pasividad absoluta o el conformismo son la respuesta ideal para algo – sobre mi librero en casa hay una réplica de una katana y un bokken (espada de madera para entrenamiento). Con eso lo digo todo, creo – .

Lo que ocurre es que ahora se me vienen a la mente varias preguntas…

  1. ¿Qué es “lo justo”? ¿Quién determina “la justicia”?
  2. ¿Acaso todas las formas de luchar deberían ser arrojadas?
  3. ¿La única forma de luchar es imponiéndome, o imponiendo lo que creo que es “correcto”?

Precisamente en el artículo sobre la heroicidad me referí a la escuela de psicología positiva y a las virtudes que Martín Seligman y otros identifican como las aceptadas por prácticamente todas las culturas del planeta. Para su comodidad, ahí van de nuevo:

Sabiduría

Valor

Humanidad / benevolencia

Justicia

Templanza

Espiritualidad / trascendencia

Por otro lado, Phillip Zimbardo, en su imprescindible “El Efecto Lucifer” explica claramente que el héroe, efectivamente, es quien lucha… y lucha hasta el final… pero en alineación con ESTAS virtudes.

¿Qué es lo justo? ¿Quién determina la justicia? Por supuesto, cada uno de nosotros. Así de ambiguo y subjetivo resulta. Creo que existe la justicia absoluta, ciertamente, dado que justicia, por definición, es dar a cada quién lo que se merece según nuestras acciones. El problema está en qué-es exactamente lo que cada quién se merece… y cómo debe dársele.  La realidad, por más absoluta y contundente que sea, recuérdenlo, es casi imposible de percibir por el ser humano, y es que gracias a nuestra complejísima corteza cerebral, todo lo interpretamos, todo lo simbolizamos. A todo le encontramos explicación, así sea ocasionalmente ilógica y absurda. Lo que consideramos justo puede que realmente lo sea… pero también puede que se trate de un capricho de nuestro ego lastimado, y ahí deja de ser justo para convertirse en ceguera, o egoísmo, de modo que la acción también deja de serlo y en cambio se convierte en valentonada, o peor, en agresión.  La realidad no es relativa… pero nuestra percepción, y nuestros juicios, si que lo son… Así que deberíamos tener cuidado.

Aquí es donde entra en escena la sabiduría. Y créanme, me encantaría hablar de todas las virtudes en relación a la acción – y tal vez lo hagamos después –, pero ahora debo enfocarme, de lo contrario esto terminará siendo un tratado y no un artículo.

Sin sabiduría, no hay forma de determinar qué es correcto, o justo, o noble… y por ende, qué causas son aquellas por las que debería luchar un héroe.  ¿Y qué es la sabiduría? Pues según la multicitada wikipedia (créanme, consulté primero el DRAE… pero es diccionario me desespera… ¿”grado más alto del conocimiento?” ¿eso es una definición?)  es “una habilidad que se desarrolla con la aplicación de la inteligencia en la experiencia, obteniendo conclusiones que nos dan un mayor entendimiento, que a su vez nos capacitan para reflexionar, sacando conclusiones que nos dan discernimiento de la verdad, lo bueno y lo malo”.  Ahora bien, ¿cómo se obtiene la sabiduría? Eso es más complejo.  Un autor al que sigo mucho – Millman – dice que conocimiento es saber, sabiduría es hacer… es decir, nuevamente, actuar, equivocarnos, aprender, y luego volver a actuar. Pero no puede ser solo eso. También involucra informarse, leer, estudiar, preguntar, mantenernos abiertos a todas las opciones y versiones posibles. La sabiduría es complicada de lograr, y por desgracia sin ella, es por demás espinoso poder decir con certeza qué es justo y qué no lo es.  Pero esperen, se complica aun más… porque la valentía y la acción solo son heroicas cuando se dirigen hacia una causa correcta – de lo contrario son solo impulsividad y probablemente arrojo irreflexivo –, y la sabiduría necesita de la justicia para saber cuál es la causa “correcta” – o arriesgarse en perseguir satisfacer al ego y ya –… pero sin la sabiduría la justicia no tiene modo de saber si la causa, efectivamente, ES correcta…

Así es.  Estamos en un círculo de interdependencia en el que todos los principios se requieren los unos a los otros.  Por eso le decía que deberíamos hablar de todas las virtudes, no solo de una.

El héroe practica todas las virtudes. Por eso es héroe.  No solo practica la acción, o el arrojo.  Necesita de la acción para lograr causas nobles. Pero antes de actuar, necesita elegir, elegir la causa correcta.  Y esa solo la puede distinguir mediante la sabiduría.  Lo mismo deberíamos hacer todos.

El artículo anterior es el que, hasta ahora, más opiniones ha tenido. Y todos tenían razón de un modo u otro.  Por ejemplo, alguien habló sobre la prudencia, sobre no tomar riesgos innecesarios. Otro habló sobre la responsabilidad de no afectar a otros con nuestras decisiones. Alguien más se refirió a la necesidad de distinguir entre los momentos en que debemos aceptar o actuar a través de renunciar a la ilusión de control. Y otro lector habló del focus… de la necesidad de mantenernos enfocados.  Todas las lecturas, diferentes formas de ver y conceptualizar la acción… lecturas y apreciaciones posibles solo por la comprensión de la sabiduría.  ¿Cuándo esperar, cuándo actuar? ¿Cuándo renunciar, cuándo aceptar, cuando seguir luchando?…

Debemos remitirnos a la sabiduría. Ahí hay una buena respuesta.

“A menos que nuestra audacia sirva a la justicia, estamos empleando una perversión de la valentía, y por lo tanto actuando de una manera no honorable”, comenta Charles Hackney en el libro Martial Virtues.

¿Todas las formas de luchar deberían ser arrojadas? Claro que no. Ya lo hemos dicho: existe valentía en esperar y en dejar pasar ciertas “afrentas” personales. ¿La única forma de luchar es imponiéndome o imponiendo mi visión de lo correcto? Otra vez, la respuesta es no…

Existe “LO-CORRECTO”, en la realidad, y lo que “CREO” que es correcto, en la subjetividad de mi mente.  Puede ser que a veces sean lo mismo, pero la única forma de saberlo con mediana certeza es a través de la sabiduría.

Así que ya para acabar, un último detalle.  ¿Debí haberme enfrentado al conductor del camión que, aquella vez, estorbaba la entrada a la calle donde vivo? ¿Debí haberle dicho que por favor se quitara? ¿Habría beneficiado a otros? Si, puede ser que si.  El punto de aquel artículo es que, justamente lo que decidí, fue lo menos sabio de todo: tratar de pasar a lo loco por el espacio que quedaba entre los coches, por lo que terminé aboyando la lámina del mío.  Fue la decisión más impulsiva que se me pudo ocurrir, producto del ego. Por eso titulé ese artículo “lección de humildad”.  Es verdad que, además de mostrar paciencia, pedirle al conductor que se moviera podría haber sido una opción adecuada.  ¿Mentarle la madre o meterme en una bronca con él? Por supuesto que no. Eso, también, sería ego.  Creo, pues, que el camino de la sabiduría, casi siempre, se encuentra en el punto medio aristotélico… o como también ese mismo Aristóteles dijo alguna vez: cuando no se puede escoger el punto medio, debe elegirse el menor de dos males. Eso también es sabiduría. No conformismo… solo aceptación de todo, todo aquello, que como he dicho una y mil veces no-podemos-cambiar-y-no-está-en-nuestro-control.

NO EXISTEN LAS RESPUESTAS UNIDIRECCIONALES.

La verdad, muy probablemente, es un entretejido de opciones.  Tratemos pues de practicar el conocimiento, y la sabiduría.  Entonces es cuando actuar encuentra validez, y la heroicidad un hogar digno donde vivir y un lugar de entrenamiento (Dojo) honorable.

Un abrazo.

J.C.

Además de Paciencia… ¡Acción!

“Just as action can reflect courage, waiting can reflect wisdom”.

– Dan Millman

“Audacity, an aspect of courage, involves taking swift and decisive actions in the face of danger”.

– Charles Hackney

(Nota introductoria: este artículo se lo debo al pésimo humor que he estado cargando desde hace varios días… Por lo visto, la regla se cumple de nuevo: lo malo trae consigo cosas buenas).

ESTA MAÑANA caí en cuenta de algo importante, y no he querido demorarme en escribir al respecto, pese a que en realidad esta vez no tengo mucho tiempo disponible para hacerlo.

Obviamente, este blog, como un todo, habla acerca de mi filosofía ante la vida, filosofía que trato de practicar en todo momento — y digo que trato porque con toda honestidad, a veces incluso a mi me cuesta muchísimo trabajo — y que también me ha dado muy buenos resultados en los procesos de psicoterapia que conduzco.  Más aun, el libro que acabo de publicar, no es otra cosa sino un compendio de esa filosofía de vida traducida en palabras y técnicas prácticas que puedan ser útiles a las personas que decidan leerlo…  Como sea, en mi penúltimo artículo hablé sobre uno de los componentes decisivos de esa filosofía, la obediencia a las cuatro “reglas de la naturaleza”.  Hace un rato releía mis palabras, y mientras que sigo convencido de ellas, y de todo lo que he dicho o asegurado en otros momentos, no he podido evitar percatarme de que en general mi pensamiento podría ser fácilmente enmarcado en lo que llamaría “filosofía de la paciencia”, o “filosofía del aguante”.  Es casi curioso como la mayoría de mis posts giran alrededor de la necediad de tolerar y aceptar la pérdida, de la templanza necesaria para dejar ir todo aquello que no podemos cambiar, o de la indispensable ecuanimidad que debemos desarrollar para enfrentarnos al hecho de que no siempre podemos tener todo lo que queremos.  Todo eso está muy bien… pensé de pronto… pero falta algo, falta-algo.

¡Por supuesto que falta algo!… y es que la vida no solo puede ser esperar, tolerar, aceptar y renunciar… también tiene que ser decidir, tomar riesgos, ponernos en movimiento… ¡Actuar!

Y es que en verdad, no puedo dejar de hacer suficiente hincapié en ello: sin el acto contundente de decidir y de arrojarnos a actuar para conseguir las cosas que queremos y llevar nuestra vida hasta su máximo potencial, es poco, o cuando menos insuficiente, lo que la paciencia en si misma puede ofrecernos.  Créanme, si el algun momento les he mandado el mensaje, tal vez inconscientemente, de que hay que adoptar una posición estoica y aceptar, sin más, que la vida no está en nuestro control, ha sido un enorme y contundente error.  En fin. Veamos si puedo poner en orden mis pensamientos…

La mayoría de los filósofos distinguen entre dos tipos de valor o coraje: el pasivo y el activo.  El mejor representante del valor pasivo es el aguante o la paciencia, mientras que el distintivo del valor activo es el arrojo.  Indudablemente, a veces la acción más valerosa es tener paciencia y aguardar con templanza. Sin embargo, lograr nuestros objetivos, mejorar nuestra calidad de vida, sentir felicidad y satisfacción, y mucho más, por lo general demanda de nosotros actos de valor activo. Actos de arrojo y de acción. Es cierto que muchas cosas que nos ocurren no están en nuestro control… pero todo lo demás, si que lo está.  La economía del país no está en mi control (al menos no al 100%), pero las acciones que debo tomar para mejorar MI economía personal lo están. Los consejos que cualquier miembro de mi familia deciden darme no están en mis manos, pero elegir seguirlos o no por supuesto que lo está.  El que no llegue a mi un ofrecimiento de trabajo que me cambiaría la vida no es algo que puedo provocar directamente, pero emprender la búsqueda en otro lugar, en otro país, en otra ciudad, evidentemente si.  El que la mujer o el hombre que deseo no me acepte definitivamente no depende de mi, ni aun suponiendo que sea un excelente partido… pero ir a otro lugar, acercarme a alguien más… claro que depende de mi.  Las acciones que tomo, por las que me inclino, dependen absolutamente de mi, y de nadie más.  Eso es, justamente, el epítome de la responsabilidad: nadie puede hacerse cargo de mi vida, solo yo… y la única forma en la que puedo hacerme cargo de mi vida es mediante la acción.  Solo la acción pone las cosas en marcha.  La paciencia es buena, claro… pero excederse en ella puede paralizarnos, dejando de ser justamente paciencia y convirtiéndose, más bien, en parálisis.

Ahora veo que en mi vida hay varias decisiones que no he tomado por miedo. Porque según yo, no sé por dónde empezar.  Y ahora que lo pienso mejor caigo en cuenta de algo escencial… ¿y quién me ha dicho que necesito saber precisa y exactamente por dónde empezar? A veces hay que tomar riesgos. Aventarse al ruedo, así sin más. Con prudencia, claro… pero aventarse al fin.  Esperar, sin duda, es cómodo, y seguro… pero también estático.

Así pues, me parece que sería escencial aprender a equilibrar el aguante y el arrojo.  Hay momentos para todo.  A veces tendremos que aceptar lo que ocurre en nuestras vidas, puesto que NO podemos cambiarlo o controlarlo, pero en otras ocasiones deberemos ponernos en acción para acercarnos decididamente a la vida que queremos tener.  La pura aceptación pasiva sin la energía frontal de la lucha y la elección, es pobre y gris y no sirve para mucho.  El arrojo ciego sin la calma de la prudencia y la paciencia, es soberbia, omnipotencia, y a veces, estupidez.

Y si… les dejo un consejo (aunque no me lo hayan pedido): si como en mi caso, llegan de pronto a un punto en sus vidas en el que se sienten con un pésimo humor, molestos e insatisfechos, porque muchas de las cosas que esperaban o deseaban no están ocurriendo… pregúntense QUE ES LO QUE NO ESTAN DECIDIENDO… Porque créanme: a veces la vida, aunque creo que en todo momento intenta proveernos de mucho de lo que necesitamos, regularmente necesita de nuestra ayuda… y nuestras acciones.   Está bien sentirnos frustrados de vez en cuando… pero solo de vez en cuando… Mejor, ¡hay que ponernos en movimiento!

¡Ya me voy! Que se hace tarde… Y por favor, díganme qué opinan sobre todo esto…

Gracias. Cuídense.

J.C.

Las Cuatro “Reglas” de la Naturaleza

La filosofía y la psicología usualmente se encuentran en un lugar común. Me inclino a creer — y no sé si hacerlo sea un atrevimiento — que todo psicólogo clínico debería tener un poco de filósofo. Probablemente lo juzgo así por experiencia propia. Aquellos que me conocen bien saben que yo hago mi mejor esfuerzo por actuar y pensar como filósofo. Sea como sea, conforme pasa el tiempo, más pacientes atiendo, más profundizo en el psicoanálisis — en teoría y práctica —, más libros leo, y más lo reflexiono, caigo en cuenta de que la filosofía, la espiritualidad, y la psicología, se llevan muy bien. Los une un vínculo indisoluble, por decirlo así.

En mis intervenciones clínicas soy muy racional, y trato de ser lo más lógico que puedo en mis argumentaciones y pensamientos. Al final soy y siempre seré psicoanalista y científico. Pero mentiría si no acepto que ciertos temas que podrían ser catalogados en el tema de lo espiritual y lo misterioso no se dan una vuelta frecuente por aquí, por el consultorio, y se entrometen entre el paciente y yo. Temas, que sobra decir, no suelen tener una respuesta muy “racional” que digamos y en cambio si terminan siendo de suma trascendencia. Suelen aparecer con una sola afirmación, que también a veces se formula como pregunta, de donde se desgrana toda una serie infinita de posibilidades y explicaciones para casi todo: “las cosas pasan por algo”.
Las cosas pasan por algo…

No tengo idea de si las-cosas-pasan-por-algo… pero últimamente si empiezo a tener la certeza de que todo se acomoda para mejor — según mi mejor amigo, ambas frases son sinónimas; yo aun no estoy de acuerdo —. ¿Tengo pruebas? Por supuesto que no, pero eso tampoco me preocupa demasiado. Como sea, me estoy alejando del tema.
El punto al que quiero llegar es que hay momentos, en toda terapia, en que los pacientes, y a veces el mismo terapeuta, se hacen preguntas que salen del marco de la psicología y la ciencia y se adentran más en el terreno de lo filosófico. ¿Por qué pasan cosas malas a la gente buena? ¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Qué tengo que hacer para sentir satisfacción? ¿Qué es bueno, qué es malo?… Y muchas, muchas más. Examinar la biografía personal, las etapas del desarrollo psicosexual, buscar puntos de fijación y traumas, ofrecen buenas respuestas… pero NO para esas preguntas. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo abordarlas? Ahí, justamente, es donde hay que echar mano de la filosofía… y en verdad creo que es una necesidad.

Todos los que estamos en este “negocio” sabemos que no existen los caminos fáciles, y que ante la pregunta del paciente “¿y eso cómo lo logro?”, como lo he dicho otras veces, en ocasiones la única respuesta posible es “teniendo paciencia y siguiendo con tu terapia”. Sin embargo… si me viera forzado, así sin mayor opción, a escribir un manual de instrucciones, un librito de cabecera en el que explicara cuál es el modo, a mi juicio, de lograr vivir una vida de satisfacción y en paz; un método A-B-C casi ideal para librarse de la neurosis, lo que diría se resumiría casi por completo a esta frase:

Obedece las cuatro reglas de la naturaleza (y si… efectivamente la respuesta ES filosófica, no psicológica). Así de plano, y así de simple.
(Antes de seguir debo decirles algo: estas reglas NO se me ocurrieron a mi. Las he compuesto resumiendo varios textos y autores que he leído desde hace muchos años. Espirituales, filosóficos y psicológicos por igual. Lo único que he hecho es buscar los puntos de acuerdo entre los diferentes autores, obteniendo como resultado este listado jerárquico de máximas. ¿Por qué les llamo reglas? Pues porque al parecer, funcionan igual que la ley de la gravedad: está ahí y opera, sin importar si la entendemos o no… Como esa, hay muchas otras que aun faltan por descubrir y enunciar).

A mi juicio, las reglas que la naturaleza, por decirlo así, espera que sigamos, son:

  1. Somos absolutamente vulnerables.
  2. En toda elección hay un intercambio
  3. Todo está siempre en equilibrio.
  4. Cualquier cosa que elijas o que hagas, produce consecuencias.

Voy a detallarlo, esperando no enredarme demasiado…

Somos absolutamente vulnerables, porque en realidad TODO lo perdemos, más tarde o temprano. Hasta la misma vida. No hay manera de retener a las personas o las cosas que tenemos o que están a nuestro lado, solo podemos gozarlas mientras están con nosotros. Aceptar nuestra absoluta vulnerabilidad no nos vuelve débiles… por el contrario, nos vuelve inmensamente poderosos porque nos ayuda a perder el miedo. Si todo lo vamos a perder, y lo aceptamos como tal, no hay nada que temer. Ni a la muerte misma.

En toda elección hay un intercambio, puesto que no podemos tener todo lo que deseamos en un mismo momento. En el punto en el que elegimos algo, lo que sea, debemos dejar otra cosa. Es la naturaleza misma de la elección. No podemos estar en dos lugares al mismo tiempo. No podemos hacer dos cosas a la vez. Si de nuestro 100% de tiempo disponemos de el 50 para trabajar y el 20 para dormir, solo nos queda 30 para hacer el resto de las cosas; no podemos producir más tiempo… Decidir no es otra cosa que intercambiar…

Todo está siempre en equilibrio, porque al mismísimo estilo del yin-yang, siempre que se pierde algo, se gana algo, y siempre que se gana algo, se pierde algo. Es inescapable. Cualquier pérdida siempre trae una ganancia a la vuelta de la esquina. Después del anochecer, sigue el amanecer. No se puede conocer al bien sin el mal. No se puede conocer la belleza sin la fealdad, al amor sin el desamor, o al placer sin el dolor. Si hoy experimentas un gran dolor a causa de una enorme pérdida, recuerda que más tarde o temprano, ganarás algo grande también — aunque seguramente no será lo que esperas –.

Cualquier cosa que elijas o que hagas, produce consecuencias, porque nuestras acciones son como una piedra que cae a un lago. Al hacerlo produce ondas… y esas se mueven inexorablemente hasta alcanzar su destino. Una mentira produce consecuencias en tu vida, del mismo modo que lo hace un acto de servicio desinteresado. Es la ley del karma — más como lo entiende el Zen; honestamente, yo tampoco creo en la reencarnación –, o dicho de otro modo, la 2a ley de Newton: a toda acción corresponde una reacción, de igual intensidad y en sentido inverso…

Por supuesto, no pretendo ser simplista. Y cuando dije que esto era como una especie de manual de instrucciones, estaba bromeando. Sin embargo, SI creo fielmente que seguir estas reglas — que como he dicho, operan a nuestro alrededor, así nos demos cuenta o no — con aceptación incondicional, respeto y responsabilidad, garantiza en gran medida que experimentemos paz y tranquilidad en el aquí y ahora. No es “bulletproof”, digamos. No es un método a prueba de fallas. De hecho creo que la única forma de descubrirlas y terminar por aceptarlas es fallando justamente… Pero si me da la impresión de que a veces deberíamos tratar de luchar un mucho menos contra la naturaleza, y simplemente tratar de fluir… en alineación con nuestros principios y nuestra consistencia interna…

Y que conste esto con toda claridad: por fluir y dejar de luchar contra la naturaleza no me refiero en ningún momento a dejar de luchar contra la adversidad o de batallar día a día por nuestros sueños o por crecer y evolucionar — lo que Paulo Coehlo llama, en su extraordinario “Manual del Guerrero de la Luz”, el buen combate –. Lo veo más bien como lo hacía Shoma Morita (psicoterapeuta japonés): cuando es invierno, hace frío. Es lógico. No puede ser de otro modo. ¿Para qué obstinarte por salir en bermudas a la calle mientras está nevando? No importa si quieres que haga calor… Si hace frío, mejor cúbrete con una buena chamarra.

A todos nos toca perder, y aun si hemos sido muy afortunados, un día moriremos. No puede ser de otro modo. El verdadero valor no se encuentra en la necedad de querer que todos sea siempre como queremos, sino en la sabiduría de la paciencia, de la constancia, de la renuncia, la aceptación; del caer y sobre todo, del aprender a levantarnos, con la cabeza levantada, el cuerpo erguido, y dispuestos a una batalla más, abiertos y optimistas.

¿Fácil? Claro que no. Pero como he insistido muchas otras veces… ¿cuándo rayos les he dicho que vivir sea fácil?
Como siempre, un abrazo.
J.C.

Cómo ayudar a alguien que no desea ser ayudado…

Hace un par de días, una paciente me preguntó justamente eso… ¿Cómo puedo ayudar a x — una persona que no desea ser ayudada –?  La respuesta fue clara, simple y contundente:

No puedes.

Es imposible. Así que déjalo estar. Más aun… No solo es imposible sino que en si mismo, el intento de hacerlo constituye una forma de agresión.

Seguramente les ha ocurrido. Un día amanecen de malas, por cualquier motivo, no importa cuál. Llegan a la oficina, o al gimnasio, o a donde sea, y en eso aparece un bien-intencionado amigo, conocido, compañero, y con una media sonrisa en los labios empieza, “¿sabes? Yo creo que deberías–“… y el resto del consejo se pierde entre los clamores internos por silencio. “Oh, cállate… ¿quién te preguntó nada?”…

El consejo no pedido es incómodo, es inoportuno, y casi siempre se percibe en nuestro inconsciente como una agresión. Finalmente, ¿quién te dio permiso de opinar?

De algún modo u otro, lo mismo ocurre con la ayuda.

Frecuentemente, el deseo de ayudar a alguien proviene de una genuina preocupación por aquel, seguramente producto de nuestro cariño o afecto. Insisto en ello: el propósito puede ser bien intencionado de origen, sin embargo, cuando intentamos denodadamente dar una recomendación a alguien que no la ha solicitado, cuando tratamos de apoyar a alguien que tal vez preferiría que lo dejaran tranquilo un rato… en suma, cuando tratamos de imponer a otro lo que nosotros creemos que es mejor, aun con el objetivo más caritativo en mente, sigue siendo eso, una imposición, y por donde se le vea, imponer nuestros deseos al otro no tiene nada de ayuda, ni mucho menos de empático.

Tomemos las palabras de Sandy Hotchkiss, (Why is it always about you?, un buen libro acerca de la personalidad narcisista):

“La habilidad de empatizar, de comprender con presición cómo se siente otra persona, y sentir compasión por ella en respuesta, requiere que nos salgamos de nosotros mismos temporalmente con el objetivo de sintonizar con alguien más. Debemos apagar el ruido de nuestras propias preocupaciones y abrirnos a lo que la otra persona está expresando” (itálicas son mías).

El meollo del asunto está en eso: apagar el ruido de nuestras preocupaciones…

Dense un momento para pensarlo y verán que la mayoría de las veces, cuando nos esforzamos demasiado por ayudar a alguien que no nos ha pedido que lo hagamos, tendrá que ver con ansiedades internas (me preocupa la salud de x, no quiero que le pase nada a y, z debería poner más atención en su salud, ¡w está tan equivocado! Debo sacarlo de su error, etc.) y no tanto con lo que el otro verdaderamente necesita.

En ocasiones, aquellos que queremos necesitarán y querrán nuestro apoyo, por supuesto.  En mi opinión, nuestra labor es mantenernos atentos a la oportunidad y abiertos al mensaje que nos manden. Si estamos disponibles, dispuestos y abiertos, pero sobre todo, si podemos hacer temporalmente a un lado nuestras necesidades y ansiedades, y verdadermante poner atención en el estado de ánimo, las palabras y las acciones del otro, es mucho más probable que seamos percibidos como posibles proveedores de auxilio.  Si es así, confiemos en que el otro tendrá la capacidad de pedirnos consejo o ayuda cuando lo considere pertinente.

Debemos confiar en los otros. En su capacidad de reacción y de solicitud. Eso es fundamental…

Cuando aprendemos a confiar y a dejarnos ir, nos volvemos menos aprehensivos, menos ansiosos, menos encimosos… Y es entones cuando verdaderamente constituimos una posibilidad real de apoyo.  Mientras sigamos insistiendo en imponer nuestro parecer, por positivo que sea nuestro impulso, no deja de ser un atentado contra la voluntad e individualidad de los demás.  Muchas veces es mejor guardar silencio, sonreir, y apoyar una mano cálida y sincera en la espalda del otro, que tratar de tener la mejor respuesta, la mejor alternativa.

Un abrazo, como siempre.

J.C.

Apología del Héroe: en busca del perfeccionamiento de nuestra humanidad (primera parte)

(Antes que nada: Este artículo es apenas el primero de varios sobre el tema que iré publicando a lo largo del tiempo).

El último capítulo del libro que estoy próximo a publicar en un par de semanas, “La vida en principios”, está dedicado a la trascendencia. En las dos o tres páginas finales de ese capítulo, sin darme cuenta de lo que hacía, empecé a escribir sobre la heroicidad; sobre algunas de las cosas que vuelven a una persona común y corriente un “héroe”.  El libro aborda un modelo personal en el que planteo que al asentar la vida en principios, en un sólido código de conducta ético, se puede lograr la satisfacción y en última instancia una vida con propósito y felicidad (ambicioso, ya lo sé…).  Por supuesto, cuando comencé el proyecto la heroicidad no figuraba en él, ni por asomo de casualidad, y sin embargo, accidentalmente, dejándome llevar por el vaivén de la escritura, llegue hasta ahí.  Fueron apenas 3 páginas, pero a partir de ese momento el asunto ha estado dándome vueltas y vueltas en la cabeza.  Tanto, que mucho de mi siguiente libro tendrá que ver con ello (pero de eso ya hablaremos mucho en otro momento).  Hoy, quiero compartirles un poco de toda esa reflexión.

No tengo plena conciencia de cuándo empezó a interesarme el tema de los héroes, pero sé que fue pronto.  Sé que el primer recuerdo de mi vida involucra a mi hermano y a mi madre, una pequeña televisión B/N que tenía en su habitación… y al mítico personaje que en ella aparecía, columpiándose por los rascacielos de NY: el Hombre-Araña (cosa que nada sorprenderá a mis queridos amigos que conocen mi afición por el comic de aquel extraño super-héroe).  ¿Qué tendría? ¿3 o 4 años? Probablemente.  Y lo cierto es que no me tomo a broma este primer recuerdo, ni su relación con la heroicidad, porque tiene mucho de simbólico.  En él aparecen mi hermano (de quien aprendí el significado y el valor del honor), mi madre (de quien aprendí su código de ética y conducta), y mi héroe personal de la infancia (ese que sacrifica su vida a diario bajo la consigna de que con “gran poder viene gran responsabilidad”).

Probablemente a muchos de ustedes no les interesan los comics. Ni el Hombre-Araña. Pero seguro que les interesan los héroes, y la conducta heroica, y la eterna lucha del bien contra el mal. Por supuesto que si. ¿Cómo lo sé? Fácil. Las novelas que más se venden son las que involucran a personajes extraordinarios (y no necesariamente porque tengan muchas virtudes), que luchan contra la injusticia, la opresión o ya de plano el mal en alguna de sus manifestaciones (El Código DaVinci, El Poeta, El Psicoanalista, La Torre Oscura),  las películas más taquilleras son las épicas/míticas que involucran batallas por los grandes ideales (Star Wars, El Señor de los Anillos, Las Crónicas de Narnia, las dos o tres de super héroes que nos presentan cada año, Star Trek), y en la TV. lo que más nos llama la atención son las series con personajes abnegados, sacrificados, que en el cumplimiento de su deber, salvan a pocos, a muchos, ¡o hasta al mundo! (Héroes, Lost, La Ley y el Orden, las mil-y-un-versiones de CSI, ER, etc.).  La figura del héroe, lo queramos o no, está presente, y nos encanta.

En realidad, como bien se dio cuenta Joseph Campbell (escritor del célebre “El Héroe de las Mil Caras”), la fascinación humana por ellos es antiquísima.  Las grandes similitudes entre los héroes griegos (Aquiles, Héctor, Odiseo, Jasón, Hércules) y los héroes modernos, en cualquier medio que se nos presenten, no son casualidad. Son la manifestación de ocultos pero eficientes engranajes en nuestro inconsciente que nos llevan a admirar, y fascinarnos, ante las historias de las grandes personas que han logrado cambiar el orden de las cosas como lo conocemos, pero más aún, que con grandes sacrificios a su integridad, o incluso su vida, nos mantienen a salvo.

Pero creo que hay algo más importante para nosotros en el presente; mucho más relevante, y no tanto desde el análisis literario, sino en la problemática del día a día:  La presencia del héroe real, de carne y hueso, y la necesidad urgente que tenemos de buscar y encontrar esa capacidad dentro de cada uno de nosotros… ¿Y por qué le llamo necesidad-urgente? Pues verán, porque me parece que bien podría ser el remedio para muchos de los supuestos males que aquejan a nuestra sociedad moderna, y más que eso, a cada uno de nosotros como individuos.

Martin Seligman, quien durante algún tiempo fue director de la famosísima APA (Asociación Psicológica Americana), y creador del concepto de “optimismo aprendido” originó hace algunos años lo que ahora conocemos en el medio como “Psicología Positiva”. Grosso modo, la propuesta de Seligman y colaboradores es que debemos poner mayor enfoque en las fortalezas humanas y no tanto en la patología (ojo: poner-más-atención, no olvidarla… en el fondo los psicoterapeutas debemos seguir siendo clínicos).  Como resultado, después de numerosas investigaciones, generaron un listado de virtudes universales; es decir, comunes a todas las culturas de la humanidad, y que han estado presentes a lo largo de toda la historia del hombre:

  • Sabiduría y conocimiento
  • Valor (courage, en inglés… me gusta más)
  • Humanidad
  • Justicia
  • Templanza
  • Espiritualidad y Trascendencia

Hermosas, ¿no es así? Y lo mejor es que todos los seres humanos, TODOS, podemos desarrollar y amplificar estas virtudes en nuestra vida. El potencial existe dentro de cada uno de nosotros. La pregunta es, ¿entonces por qué no estamos haciéndolo?… Porque vamos, si estuviéramos haciéndolo, no existirían ladrones, ¿cierto? Ni asesinos, violadores, políticos corruptos, jefes tiránicos, horarios de trabajo y salarios injustos, padres violentos, golpeadores de mujeres, pedófilos, gente holgazana, compañías o individuos fraudulentos, gente mentirosa… etc., etc., etc…

El problema de la maldad me ha ocupado desde hace mucho. Y sobre ese tema si estoy consciente desde cuándo. Los primeros ensayos que escribí al respecto datan de cuando estudiaba la secundaria, hace unos buenos 20 años. Ya entonces me maravillaba, como objeto de estudio, la enorme capacidad humana para hacer el mal, y la facilidad, aun más grande, con la que cada uno de nosotros caemos, accidental o propositivamente, en actos malos.

Si.  Todos. Ustedes y yo.

Oh claro. Yo he mentido. Yo he lastimado a otros. He realizado actos aprovechados, tratado de sacar partido de una situación desventajosa de alguien. He sido egoísta, he sido agresivo. ¿Ustedes no?  Yo creo que si.  La envidia y los celos, como todo psicoanalista sabe, son naturales a la especie humana, y mucha de la maldad del mundo, en realidad, es producto de esos sentimientos básicos que todos, todos, hemos experimentado.  Ahí, justamente, es donde está el quid de la cuestión; el fundamento de este largo artículo… Todos tenemos la capacidad para actuar con maldad, y lo hemos hecho. Pero solo porque podemos ser malos y conocemos la maldad, es que existe la posibilidad de corregir y perfeccionar nuestra naturaleza humana. Por eso el tema de la heroicidad es relevante en esta época, y por eso es que las virtudes de Seligman, son fundamentales para el buen funcionamiento de nuestra sociedad y nuestra humanidad.

El héroe es una persona que usualmente no se llama “héroe” a sí misma.  De hecho, casi todos los que han realizado un verdadero acto heroico, al ser cuestionados sobre sus acciones, declaran que simplemente hicieron lo que sentían que debían hacer.  Son gente que practica las virtudes de Seligman, y que en un acto de valor y arrojo inusuales, ponen su vida en riesgo, (o en algunos casos su prestigio social) en un genuino sacrificio para ayudar a los demás o para defender y preservar un ideal más grande que ellos mismos.

Son los topos que envió México a Haití. Es el hombre anónimo que detuvo, él solo, durante unos instantes, a decenas de tanques encargados de matar a los asistentes de la plaza de Tiananmen en 1989 (ver foto. No se sabe su nombre… solo se le conoce por el mote “tank man”). Es el soldado que actúa en defensa de las libertades genuinas de la gente, el buen policía que persigue a un ladrón a pesar del irrisorio sueldo que recibe. Son los bomberos y rescatistas del 9/11… Son las madres que soportan el dolor del parto para dar a luz a sus hijos, son los padres que sacrifican libertad, tiempo e ingreso para proteger y educar a sus hijos. Son los médicos que salvan vidas o los abogados que toman casos pro-bono para defender al que no tiene recursos económicos.  Son los maestros que se entregan a su profesión para formar a las generaciones del futuro. Es el esposo que se pone en el camino de una bala para salvar a sus hijos o a su esposa… Es la expresión más honesta de todo lo grande y extraordinarios que podemos ser cada uno de nosotros.  La gente que lucha contra los pequeños y grandes males haciendo uso de algo que es común a todos: nuestros principios. Nuestra humanidad.

El tema es relevante porque, dicho con toda sinceridad, si un día de estos nos despertamos quejándonos de mil cosas que no nos gustan sobre los conocidos, la sociedad, el mundo, seguramente es porque tampoco hemos hecho gran cosa para cambiar de manera individual. Y es una lástima y un desperdicio.

Todos podemos ser héroes.  Tal vez no un héroe mítico o de película, pero héroe al fin. Piénsenlo.

Yo me marcho. Este artículo ya es demasiado grande de por si… Pero les dejo las palabras de otro psicólogo eminente, Phillip Zimbardo, de su libro “El Efecto Lucifer”:

“Heroism focuses o what is right in human nature.  We care about heroic stories because they serve as powerful reminders that people are capable of resisting evil, of not living to temptations, or rising above the mediocrity, and of heeding the call to action and to service when others fail to act.”

Ya seguiremos con este tema después.

Tengan un provechoso día.

J.C.